SENTIMIENTOS CASTUOS

SUSPIROS DE ESPAÑA

viernes, 29 de marzo de 2024

              CUANDO MUERE LA RAZÓN

                                                       

Caminaba despacio y pensativo, el camino era angosto y solitario, las hojas de los árboles se activaban sacudidas por la fuerza del viento.

Iba cabizbajo, cansado, su mente enferma le castigaba enormemente.

Hoy le preocupaba el cielo, amenazaba tormenta, estaba lejos de sus aposentos e iba desprovisto de ropa adecuada para cobijarse de la lluvia.

Cualquier cosa era para él un motivo de preocupación, él era su propio enemigo, en su mente, no existía la razón.

Se encontraba sólo, aunque estuviera rodeado de gente, es más, la gente le atormentaba, por eso siempre buscaba la más estricta soledad.

Esta vez había escogido la soledad de la montaña, por sus angostos senderos rara vez se podía encontrar con algún transeúnte.

Era otoño, los árboles lucían su amarillento manto, todo acusaba un deterioro, los tristes arbustos ofrecían sus últimos frutos embebidos por el feroz calor del largo verano.

Llevaba mucho tiempo caminando, el cielo empezaba a oscurecerse, los murciélagos ya se divisaban en el cielo sacudidos por la velocidad que les caracteriza, buscando su sustento en su veloz carrera.

Miró para arriba y dio la vuelta, debió darse cuenta que la noche caía implacable.

Llegando a su calle, empezaba a caer gruesos goterones. Se cobijó en el portal de una casa que en ese momento estaba abierta.

Por un momento pensó que tenía que regresar a casa, pero eso le aterrorizaba no tenía ganas de hablar con nadie y menos con su mujer, era una mujer súper habladora cosa que a él le molestaba enormemente.

Pensó pasar por la plaza, a lo mejor su amigo Pascual estaría sentado en el banco que quedaba debajo de los soportales, era el único amigo que no le molestaba en exceso, siempre le contaba historias de cuando hizo el servicio militar, se sabía de memoria, “se las había contado tantas veces” pero eran graciosas, por muchas veces que se las contara siempre lograba arrancarle una débil sonrisa.

Se asomó a la calle y ya había cesado la lluvia, miró al cielo y este, empezaba a despejarse.

Al llegar a la plaza, estaba desierta, eso le molestó porque no le quedaba otro recurso que volver a su casa junto a su mujer.

Y no es que ella fuera una mala mujer, no, eso no, lo que pasa es que nunca la había querido, al menos como ella le había querido a él. También es verdad que, aunque no estuviera enamorado de ella siempre la había tratado bien, eso era otra cosa, había cumplido con sus obligaciones de buen marido, pero el amor verdadero, eso era otra cosa, él lo sabía bien desgraciadamente.

En el fondo de su corazón solo un nombre existía, Ana, su dulce Ana, con tantos años pasados y en su corazón archivaba sus más vivos recuerdos.

Por un momento su mente se trasladó al pasado.

                                                       

                                                   II                                                                                                                                                                                                                                                                              Ana, mi dulce Ana, era como siempre la recordaba.

La veía paseando por el parque, allí se reunían, se cogían de las manos y se miraban a los ojos. Aquellos ojos grises que el miró tantas veces, ella siempre le dedicaba aquella abierta sonrisa, parecía que le quisiera agradecer la fijeza de su persistente mirada.

Siempre unidos por la complicidad de aquel eterno amor. Eso era lo que ellos pensaban, por eso se cogían de las manos y corrían, jugaban, y sobre todo se reían, reían incansablemente, hasta que llegaba la hora de la despedida, entonces se fundían en un sano abrazo, y conjuntamente decían un ¡hasta mañana!

Él vivía de aquellos recuerdos ya tan lejanos, pero eso lo mantenía de alguna forma con ganas de vivir: para seguir recordándola.

Por aquella fecha contaban pocos años no sobrepasaban los veinte, ella un año mayor, quizás ni eso, unos meses, pero ellos eran felices, ella era muy menudita no era baja de estatura, pero era frágil como una pavesa. Tenía una melena larga, de un rubio color de miel toda llena de tizos que caían en cascada por su espalda.

Una tarde de verano Ana no acudió a la cita, él la esperó hasta bien entrada la noche, tenía el corazón encogido, no era normal aquella ausencia, pensó: “estaría enferma” el corazón galopaba en su pecho. Pensó volver a casa a ver si por el camino se encontraba con algún conocido que le pudiera dar noticias de ella.   

 

Iba cabizbajo, silencioso, sumergido en sus pensamientos. Al volver la esquina se cruzó con un vecino de Ana, antes que el le preguntara este le dijo.

- ¿Ya sabes la noticia?

-No. ¿Qué noticia?

-Mira, por aquí se escucha que Ana ha desaparecido.

- ¿Cómo que ha desaparecido?

 -Dicen que se la llevaron a declarar, ya sabes, como ella fue una de las que dispersaron propaganda subversiva.

-Pero qué importancia tiene eso, no le han hecho mal a nadie.

-Sí, pero tú ya sabes cómo están las cosas, lo rebuscan todo y por la más mínima se llevan a la gente, y parece que se las haya tragado la tierra.

 

Un escalofrío le cruzó la columna vertebral, es como si una lanza se la hubiese atravesado, ¿era verdad lo que estaba diciendo? pero él ya no quería saber más, un dolor inmenso le oprimía la garganta.

Se marcho sin decir nada, no podía articular palabra.

Desde aquel fatídico día, su corazón estaba enfermo de dolor.

Pero a pesar de eso su recuerdo lo acompañaría hasta el día de su muerte.

                                                  

                                                   III                                                                                                                             

 

Por fin decidió volver a su casa, con un poco de suerte, quizá lo estuviera esperando su amigo Blas, a su amigo le gustaba charlar con su mujer, a los dos le gustaba hablar, se tiraban horas contándose largos relatos, hacían buenas ligas, eran amigos desde hacía muchos años, cuando vivía su mujer, siempre salían juntos, ellas eran buenas amigas.

 

Al abrir la puerta ya oyó el murmullo de la conversación, nunca había sentido celos de Blas, eso no, era un buen amigo y su mujer una mujer fiel, aparte, los celos él creía que iban muy unidos al amor.

Ahora los saludaría, esperaba que la charla no se alargara o, se le ocurrieran jugar a las cartas, los dos eran bastante aficionados, pero a él le aburría enormemente, prefería irse a su habitación y allí en silencio, seguir con sus pensamientos, esos que tan feliz y a la vez desgraciado le hacían.

 

Su amigo se marchó ya muy entrada la noche.

Cenaron en silencio como siempre, el solía cenar muy poco, era un hombre frágil, bastante delgado, comía despacio y muy poca cosa, con los años había cambiado, de joven era muy diferente.

Después de la cena pasaron un momento al salón, pero él paró poco, se disculpó y marchó para su habitación.

Por un momento pensó en su mujer, pobre mujer, nunca pedía nada, sumisa ante todo lo que él le quería dar.

La recordaba de joven, era una mujer hermosa, sus amigos le envidiaban, pero él no fue el que se fijó en ella, no, él no se fijaba en ninguna mujer, ella era guapa y buena chica, al final sus esperanzas estaban perdidas.   

Por eso se propuso quererla y lo consiguió, aunque de muy diferente manera a la que había querido a Ana.

En la soledad de su habitación, sus recuerdos volvieron atormentarle.

                                                   

                                 IV

 

Después de aquella mala noticia que le diera el vecino de Ana, pasó mucho tiempo sin saber de ella, así eran las cosas por aquella época, todo hermetismo, pero bajo cuerda siempre se oían cosas, claro que, de ella, nada por más que preguntaba.

 

Pasaron unos meses desde que había desaparecido, un día se cruzó en la calle con su prima Mary los dos quedaron un momento sin articular palabra, no la había visto desde hacía tiempo.

- ¿Has sabido de Ana?

-No, nada ya ves es como si no hubiese existido, sus padres están deshechos, ya no me atrevo ir a visitarles porque cuando me ven se deshacen en lágrimas, yo me uno a ellos en ese gran dolor que nos invade.

-Mira, no hagas comentarios, tú sabes que las cosas están muy mal, pero se dice que está en la cárcel en la ciudad.

-Pero si ella no ha hecho nada, si es una cría lo más santo y más puro que existe.

-Sí, pero no olvides que difundió propaganda subversiva, fue una de las que se dejó ver, claro era tan joven, nadie pensaba lo que se nos avecinaba, la prueba la tienes que están desaparecidas todas, las que no eran, y las que eran, casi unas niñas.

- ¿Qué podemos hacer? Yo me siento impotente Mary.

-Ya lo sé, pero es lo que hay y no se puede ni hablar, porque no sabes quién te escucha, la gente se cambia de chaqueta, los que antes eran del otro bando hoy son de este, esto es una guerra ya lo sabemos bien.

                                                

                              V

 

Al día siguiente se despertó muy temprano, con gran sigilo se levantó para no despertar a su mujer, desde que se había jubilado hacía poco más de un año se levantaba pronto, tenía adquirida la hora de tantos años,  y no podía parar en la cama.

Después de su aseo personal se iba a dar un largo paseo, como siempre en solitario.

Hoy pensó dar una vuelta por la plaza, a esa hora estaría desierta, pero se equivocó su amigo Pascual se encontraba sentado en un banco, lo llamó y le hizo seña para que se sentara a su lado.

No rehuyó, aunque en aquel momento no le apetecía escuchar historias de la mili.

-¿Qué te parece si nos vamos a tomar unos churros con café?

-Bueno, pero se me va hacer tarde, me he levantado con cuidado para no despertar a Carmen y no le he podido decir nada.

-No te preocupes, ella sabe que te gusta pasear de buena mañana.

-Sí, pero no suelo tardar mucho, así que vamos rápido a ver si para las diez ya puedo estar en casa.

-No tardaremos, vamos aquí cerca, a casa de Fausto los hace muy buenos.

Se sentaron en una mesa uno enfrente del otro, Pascual lo miró a los ojos.

-Pareces triste, claro en ti no es extraño siempre estas perdido en ese tu mundo que te atormenta.

-No, esos son figuraciones tuyas.

-Tú sabes que hace años que nos conocemos, en más de una ocasión me has contado algunas cosas, que, aunque no lo comprendo, tú sabes que siempre trato de ayudarte a ver las cosas con una realidad racional.

-Bueno lo vamos a dejar, de eso hace tantos años.

-Claro que hace muchos años, es eso lo que yo quisiera hacerte comprender, pero tienes días que no razonas.

Quedo pensativo como casi siempre, su mente se le fue al pasado.

 

                              VI

 

Ya llevaba casado unos años, cuando por casualidad se encontró con

el padre de Ana, como siempre el buen señor se echó a llorar.

- ¿Han sabido algo de su hija? 

 -Con credibilidad nada, pero el otro día me dijo un amigo que habían cogido a un fugitivo en la sierra, dicen que comenta que había visto a unas chicas que mal vivían en una cueva escondidas, dice que sobrevivían con lo que encuentran en el campo. Están desprovistas de ropa ya que las que se llevaron estaban haraposas.

- ¿Pero ¿cómo van a sobrevivir en esas lamentables condiciones?

-Es lo que yo pienso, pero nosotros no perdemos la esperanza, aunque nos duela, si es que está en esas condiciones, preferimos pensar que está viva.

- ¿Qué le parece si fuéramos los dos y algún otro voluntario de la familia, claro? Podemos hacer una batida por la sierra, a lo mejor encontramos algún rastro que nos diera alguna pista.

-No es mala idea, pero. ¿Y si nos cogen los guardias, que le podemos decir para no levantar sospechas?

-Bueno podemos decir que vamos buscando un poco de leña seca.

-No sé, pero estoy tan desesperado que haría cualquier cosa.

-Púes no se hable más, mañana a las ocho en la plaza, o en el parque, donde usted quiera, a mí me da igual.

A la mañana siguiente muy temprano salían los dos, y dos primos jovencitos de Ana.

                                       

Eligieron los caminos rurales que no solían estar transitados por los guardias, sólo se podían encontrar con algún vecino del pueblo, pero esos eran inofensivos, todo el pueblo sabía de la desaparición de las chicas, y todos estaban pendiente de alguna pista que pudiera dar una esperanza.

Caminaron durante horas sin descanso, los jóvenes ya empezaban a cansarse, pero ellos no tenían tiempo de pensar en el cansancio, su objetivo era andar el camino lo antes posible, era invierno y los días cortos, no querían que le llegara la noche en plena sierra.

Por otra parte, no le había dicho nada a Carmen, el solía ir a casa antes de anochecer, si tardaba seguro que estaría intranquila.

Iba sumergido en sus pensamientos, cuando el padre de Ana le preguntó.

- ¿Cómo te va en tu matrimonio? - Carmen es una buena chica.

-Sí, es una buena mujer, pero yo no dejo de pensar en Ana, hasta que no aparezca no descansará mi alma.

-Claro, pero eres muy joven y tienes que rehacer tu vida, tienes que tener hijos y llevar una vida normal como cualquier persona, mi hija está desaparecida sin esperanzas que pueda aparecer, ha pasado mucho tiempo, demasiado, para que hayan podido sobrevivir por estos recovecos.

-Eso es lo que yo pienso por más que me duela.

Llegado el momento oportuno el grupo se dispersó, de dos en dos, siguieron diferentes caminos.

Quedaron en un lugar determinado, después de hacer un recorrido de un par de horas.

Los jóvenes fueron por un lado y el padre de Ana y Camilo muy unidos escogieron trepar por la maleza.

Entre matorrales y rocas buscaron con ahínco, Camilo divisó una especie de cueva, los dos se apresuraron a ella, pero no vieron nada, la analizaros con lupa, con la ilusión de encontrar alguna pista.

Había unas piedras grandes, daba la sensación que habían servido en alguna ocasión de asiento, quizá para algunos pastores o leñadores.

Vieron restos de tela como de un vestido porque a pesar de lo sucio que estaba, se apreciaba un estampado muy difuso.

Los dos se apresuraron a un arroyo que habían dejado atrás en el camino.

Lo lavaron con la ilusión de que aquel estampado le diera alguna pista, todos los vestidos de las chicas los recordaban, el pueblo era pequeño.

-De Ana no es.

Dijo el padre con cara de desencanto.

-Yo no recuerdo ese vestido, por más que lo pienso, no lo recuerdo, sé positivamente que si fuera de alguna de ellas lo recordaría.

Cabizbajos continuaron el camino, visualizando cada cosa sospechosa que se le cruzara en el camino, pero ni rastro de Ana.

Que triste destino solo por participar en difundir propaganda prohibida. 

 

                               VII

-Ya están aquí los churros. La voz grave de Pascual lo saco de sus pensamientos, pero en su inconsciente aún permanecía ausente.

-Camilo que ya están aquí los churros.

-Ya, perdona estaba distraído.

-Bueno que buena pinta tienen estos churros, la verdad que los hacen buenos esta gente.

-Ya te dije, son únicos en esto y el café también es especial.

-Venga come rápido que Carmen se va preocupar, como ya te dije no le dije nada esta mañana por no despertarla.

  

 Cuando llego a su casa Carmen lo esperaba con el desayuno en la mesa, en una fuente tenía unos huevos revueltos, un zumo de naranja, café recién hecho y una jarra de leche caliente.

- ¿Dónde has estado Camilo? Ya me tenías preocupada.

-Ya, pero me encontré con Pascual y se empeñó que desayunáramos churros, ya sabes lo buenos que los hacen en la cafetería de Fausto.

¡Ay con el Pascual! como se nota que ya no lo espera nadie en casa.

Lo siento Carmen, pero no tengo apetito, pero no te preocupes al medio día me lo como, ahora me voy a mi habitación, quiero descansar un poco.

 

                              VIII

 

Ya en su habitación volvió a recordar el pasado.

El padre de Ana, cansado, se sentó en una piedra.

-Lo siento Camilo, pero me empiezan a pesar los años, ya no soy joven.

-No se preocupe descansa un poco, yo mientras voy a bajar aquel cabezo a ver si veo algo.

Bajó saltando de piedra en piedra, él era joven, buscaba por entre los matorrales, allí abundaban había mucha maleza, ahora solo podía mirarlo todo con detenimiento, con el padre de Ana era imposible, ya tenía sus años y tenía dificultad para trepar por aquel monte bajo.

Divisó de lejos como una pequeña cueva eran unas piedras amontonadas, pero por un lado había una pequeña puerta, se asomó, estaba muy oscura tuvo que agacharse lo que pudo para poder entrar, allí había unos esqueletos humanos, pero ni una pista de ropa que pudiera reconocer, había unos recipientes, unas latas oxidadas y unos tiestos que podían haber pertenecido a pucheros o quizás barriles.

Salió corriendo horrorizado de lo que había visto, se alegró de que el padre de Ana no le hubiese seguido, así se había ahorrado el mal trago que el había pasado.

El padre de Ana seguía en la misma postura que lo había dejado, pensó que lo dejaría descansar y así el podía seguir buscando por los matorrales.

Había recorrido bastante terreno cuando en unas matas divisó un trozo de tela, daba la sensación que se le hubiese enganchado alguna mujer, quizás huyendo de las patrullas que según decían hacían los guardias.

Las imaginaba huyendo despavoridas de los tiros o de las bombas, valla usted a saber.

A lo lejos había una ladera, le quedaba lejos, pero apresuró el paso, cuando avanzó unos metros divisó una choza, corrió con ahínco con la esperanza de encontrar algo que pudiera tranquilizar su alma.

Llego casi ahogado por el esfuerzo de la carrera. La choza era pequeña apenas podía entrar por la puerta, cuando entro quedo impactado, había de todo, mantas, chaquetas, pucheros con restos de comidas ya corrompidas, podía apreciar que hacía días que por allí no pasaba nadie.

No cabía duda que allí se habían alojado varias personas, hombres y mujeres ya que se deducía por restos de ropa exclusiva femenina.

Nuevamente huyó de aquel lugar que lo llenaba de tristeza y desconsuelo, se daba cuenta que volvería a su casa con la desilusión de siempre.

El padre de Ana lo esperaba con expresión de esperanza, pero cuando se aproximó y vio de cerca su cara se le heló el semblante.

-Nos tenemos que marchar los chicos ya nos estarán esperando, es la hora en la que hemos quedado con ellos.

-¿Has visto alguna pista Camilo?     

-Desgraciadamente no, nada que nos pudiera dar una esperanza.

-Que desesperación Camilo esto es peor que llorarla muerta.

-No diga eso a lo mejor está escondida, o la tienen en la cárcel, yo prefiero pensar eso de lo contrario se me rompe el alma.

-Llevas razón, eres tan joven, por eso ves las cosas muy diferente a este pobre viejo.

-Venga no es tan viejo todavía está muy bien.

Cuando llegaron al lugar del encuentro, los chicos ya estaban esperando.

El Sol se escondía detrás de la sierra y sumiso se deslizaba lentamente, sin su calor, el frío se iba apoderando de la tierra.

Cogieron el camino de regreso.

Casi no pronunciaron palabra, estaban cansados, habían pasado muchas horas trepando por la maleza de la sierra, eso los había agotado físicamente, además del agotamiento volvían con la moral por el suelo.

 

Llegaron al pueblo ya bien entrada la noche, al llegar a la plaza. Los cuatro hombres se miraron desconsolados y con un frío adió se despidieron.

 

                               IX

 

La voz de Carmen lo sacó de sus pensamientos.

-Camilo me voy hacer la compra ¿Te apetece acompañarme? Tengo que comprar bastante, así me puedes ayudar con el bolso.

-Sí Carmen ya voy, me había quedado dormido, no me he dado ni cuenta.

-Vale no pasa nada ahora puedes descansar, bastantes años has estado

esclavizado al dichoso trabajo, ya es hora que tengas tranquilidad.

-Llevas razón Carmen, a veces me encuentro muy cansado.

-No te preocupes nos llevamos el carrito de la compra, así no traemos tanto peso, tengo que comprar bastante, ya sabes mañana domingo, siempre vienen los chicos a comer, hay que tener previsiones.

Salieron a la calle, Carmen estaba muy bien, pero las piernas las tenía un poco torpe, quizá porque estaba un poquito gruesa, era una mujer corpulenta y con los años se había llenado de kilos, eso le hacía caminar con dificultad.

Camilo llevaba el carrito con una mano, con la otra cogía del brazo de su mujer, no se fiaba que le pudieran fallar las piernas y cayera.

Ya de vuelta Camilo se encontraba indispuesto Carmen se paró en la puerta de una cafetería.

-Anda Camilo, tomate un café o un zumo, donde tendrás ya los churros,

conociéndote te comerías uno y han pasado muchas horas.

-No tengo apetito Carmen, pero vamos a pasar y te tomas tu algo, hemos estado mucho tiempo con la compra y debes estar desmayada.

Pasaron a la cafetería, Carmen se pidió un café con leche, Camilo se pidió un zumo de naranja.

Hicieron planes para el día siguiente, sobre todo ella ya sabemos que las madres se vuelven locas cuando sus hijos vienen a comer.

-Mañana vendrá Pilar y su familia, pero Luis vendrá solo con los niños Sonia trabaja, le toca guardia en el hospital.

-Carmen tu ya estas muy mayor para tanto jaleo, creo que cuando quieras invitar a los chicos, los tendríamos que llevar al restaurante, así te quitas de hacer comidas y compra, te vas a gastar lo mismo y te quitas de problemas.

-Ya lo sé Camilo, pero de momento puedo, solo es un día a la semana, en casa es más acogedor, ya sabes, después los chicos charlan de sus cosas sin prisa, en el restaurante cuando termina la comida está en la calle.

-Llevas razón yo lo hago por quitarte trabajo.

-Y yo te lo agradezco, pero ya te he dicho mientras pueda es mejor así.

Volvieron a casa, llegaron los dos cansados, dejaron la compra en la cocina y se sentaron a descansar en los sillones del salón.

Tenían un piso pequeño, pero muy acogedor, Carmen era una mujer muy laboriosa y detallista, daba fe de ello con el gusto que tenía decorado su hogar.

-Carmen me encuentro muy a gusto en casa, esta paz y tranquilidad me hace feliz. Tú sabes que yo no soy muy hablador y me atormenta cuando se reúne la gente, hablan todos a la vez, me molesta, no lo puedo remediar, por eso a veces rehúyo cuando nos juntamos con los amigos, pero es solo eso, no tengo nada en contra de nadie.

-Claro Camilo ya lo sé, pero a veces hay que transigir, a mí me caen todos muy bien y tú sabes que yo soy habladora, pero en ocasiones también me cansan y cuando llego a casa digo: por fin.

 

Al día siguiente, se levantó temprano como de costumbre. Salió a la calle y miró al cielo, es lo que solía hacer, según veía el día así cogía la ruta.

El día estaba despejado, estaba saliendo el invierno y empezaba a subir el sol, y con él, se presentía la futura primavera.

Se decidió por dar su paseo matutino por la orilla del río, era un paseo agradable podía contemplar las aguas cristalinas, hacia muchos días que no llovía, el río como siempre en su caminar sin fin trotaba incansable.

Se acerco hasta la orilla, las aguas transparentes le dejaban ver los pequeños peces haciendo sus piruetas feroces.

Largo rato los estuvo contemplando, cogió una pequeña piedrecita y la tiro junto a ellos, rápidamente te dispersaron, pero pronto volvieron a la superficie.

Pensó seguir su camino era un día espléndido, el cielo estaba limpio y su azul penetrante.

Caminó largo rato, hasta que sus piernas le recordaron los muchos años que tenía, a lo lejos divisó un banco al borde del camino, era un camino rústico, pero muy frecuentado, la gente de los pueblos que circundaban al río solía dar largos paseos.

 

 

                             x

 

Se sentó en un banco desierto, en aquel momento no había mucho tránsito, de lo que se alegró así podría volver al pasado en su pensamiento.                                                  Después de aquel día que habían trepado la sierra en compañía del padre de

 Ana, no había vuelto a saber de él, estaba más ocupado porque le había salido un trabajo fijo, llevaba unos cuantos años deambulando entre unos trabajos esporádicos, que a penas les daba para llegar a fin de mes.

Carmen tenía la ilusión de tener hijos, pero él de momento no había querido, los tiempos eran malos para traer hijos al mundo, solo había calamidades y miserias.

Ahora que ya tenía un trabajo, más o menos fijo pensaba que sería hora de darle gusto a su mujer, “era tan buena”.

Pasado un tiempo Carmen quedó embarazada, estaba contentísima pronto se puso a preparar la ropita para su futuro hijo, no lo tuvo nada fácil estaban a pocos años de haber pasado una gran guerra, y en el país no había de nada, no sólo no había dinero, sino que no había telas para confeccionar la canastilla.

Las abuelas fueron las protagonistas, le ofrecieron lo que ellas tenían de cuando habían criado a sus hijos.

Con aquello y lo que pudo comprar clandestinamente, le hizo a su futuro bebé su canastilla.

 

Era un día esplendido del mes de mayo cuando Camilo regresó del trabajo. Carmen le dijo que no se encontraba bien, él se puso muy nervioso, corrió la calle abajo a buscar a la comadrona. Cuando llegaron el niño ya estaba a punto de nacer.

Al cabo de media hora la comadrona salía con el niño en los brazos.

-Es un barón.

Esas palabras aún le resonaban en sus oídos.

 

Pocos años después tuvieron una hija, era igual a Carmen, guapa y buena, desde niña ya se le vio las características de su madre, él lo sabía bien, estaba contento con esa similitud.

Hubiera sido tan diferente, si se hubiese parecido a Ana, pero cruel destino el suyo. ¿Dónde estaría Ana, su dulce Ana?

 

Habían pasado unos años, dos, quizás tres.

Un día se encontró con un hermano del padre de Ana.

-Hola Camilo ¿Como vas? ¿Y Carmen y los niños?

-Bien, estamos bien, yo tengo trabajo, por lo demás, la rutina de siempre.

-No sé si sabes que el padre de Ana a muerto esta mañana.

- ¿Qué ha muerto? Si no sabía que estuviese enfermo.

-Sí, ya llevaba mucho tiempo que no se encontraba bien.

-Hacía tiempo que no le veía, como estoy trabajando no me queda tiempo para salir, hace tiempo que no voy a la plaza, cuando no tenía trabajo iba cada día, ya sabes, es el punto de encuentro entre el jornalero y el Señorito.

- ¿Cuándo lo entierran? Porque al entierro voy, aunque pierda unas horas de trabajo.

-El entierro es mañana a las once.

-Pobre Ana, si viviera, o quizás viva, que sabemos.

-Yo lo he dicho por todo el pueblo, por tanto, las autoridades lo saben, digo esto por si estuviera en prisión, y claro en estos casos a lo mejor, al menos se lo dirán.

-Que lastima, si fuera así que disgusto se va a llevar, pero eso sería señal que está viva. Pobre Ana.

-Bueno Camilo, ya sabes el entierro a las once.

-Sí, allí nos veremos.

Aquella noche le costó conciliar el sueño, pensaba en Ana, ¿Dónde estaría? Si estaba en algún sitio, o muerta y enterrada sabría Dios donde.

 

A la mañana siguiente se levantó pronto, se fue un rato al trabajo y sobre las diez se vino a casa, se preparó para la ocasión y se marchó para casa de Ana.

Ya cuando entro por la calle, vio el tumulto de gente parados en su puerta, sobre todo hombres, las mujeres acostumbraban a esperar dentro de la casa.

Al llegar, pensó entrar para dar su condolencia a la madre de Ana.

La casa estaba escasa de luz, pero divisó un guardia al lado de ella. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, vio al lado del guardia una mujer joven, pero en su cara había una expresión de cansancio y dolor que la hacía parecer una anciana, tenía el pelo casi rapado y su figura excesivamente esquelética, estaba sentada, cabizbaja, al otro lado tenía otro guardia, la joven tenía las manos en su regazo, en ese momento le vio las esposas.

-! Ana ¡

Aquella voz resonó como un lamento, se aproximó para abrazarla, pero dos manos como zarpas lo detuvieron.

Besó a su madre y la abrazó con fuerza, los dos lloraron, pero Ana estaba ausente, como una pavesa, su mirada perdida, sin vida, aquellos ojos grises estaban secos.

La miro detenidamente, como si quisiera grabar su imagen en su cerebro para siempre, dos goterones rodaron por sus mejillas, su cabeza estaba a punto de estallar.

Impotente ante aquella injusticia, tuvo que dominarse para no defender con sus fuertes puños a la mujer que él quería más que a su propia vida.

Pero ella estaba ausente a todo lo que la rodeaba, su mirada baja y su cuerpo encorvado, como si quisiera reducirse a nada.

Salió a la calle y en la acera de enfrente se paró, vio salir el féretro a hombros de los amigos y familiares del padre de Ana.

Desde allí le dijo adiós, pero no lo siguió, esperaría a Ana pensaba que no tardaría en salir, al final de la calle un furgón la esperaba.

A los pocos minutos, salía Ana escoltada y esposada como una asesina.

La miró con intensidad, pero ella no levanto su mirada, tenía la sensación que estaba muerta, al menos su corazón no tenía vida.

Cuando pasó junto a él le gritó con una voz desgarrada.

-Ana mi dulce Ana.

Solo una fugaz y triste mirada, como si no lo conociera.

Se fue a su casa y no vio a su mujer que estaba en la puerta, fue a su habitación, se echó de bruce en la cama y lloró, lloró a grito con el alma desgarrada.

Carmen lo contempló desde la puerta y lo acompañó en su duelo, pero su dolor era por otra causa.

Le dolía ver a su marido y padre de sus hijos sufrir de aquella forma por otra mujer, una mujer que para ella era sólo un fantasma.

Camilo era el amor de su vida, siempre lo había querido, era tan guapo, tenía un cuerpo atlético, alto, moreno azabache, con ojos negros como las moras, con un pelo negro y abundante que le caían los mechones por su amplia frente. Le dolía en el alma verlo sufrir, ese sufrimiento sin esperanza, pero a él eso no le cabía en la cabeza.

 

Pasadas unas largas horas, Carmen lo abordó.

-Camilo, Camilo ¿Quieres un vaso de leche?

-No, Carmen no me apetece nada.

Cuando se tranquilizó le contó a Carmen que había visto a Ana y en las condiciones que estaba.

Carmen abrazó a su marido y lo consoló como pudo.

                                        

Los años pasaron sin noticia de Ana, un día le dijo a Carmen.

-Carmen he pensado que el domingo podía ir a la ciudad.

- ¿Que vas hacer en la ciudad?

-Ir a la cárcel a ver si me dejan ver a Ana, ahora las cosas han cambiado, he escuchado que dejan pasar a los familiares para verles.

-Pero tú no eres de su familia.

-Ya lo sé, pero al menos le podía llevar algo de comida o, al menos saber si está viva.

-Como tú quieras Camilo, pero te vas a llevar otro disgusto.

-Lo voy a intentar Carmen, con lo que me han dicho, que dejan pasar para ver a los presos, no me puedo quedar pasivo, ella ya no tiene a nadie aquí los padres han muerto, y los hermanos han emigrado.

-Te imaginas, si está bien debe pensar que nos hemos olvidado de ella.

-¿Que le quieres llevar?

-Un poco de embutido, una pastilla de chocolate, algo que seguro allí no le darán, y cómprale un botecito de colonia, eso le hará ilusión, “siempre olía tan bien” pobre Ana.

 

De buena mañana, el domingo, cogió el autobús y partió para la ciudad.

Con un pequeño bolso, guardado como si fuera un tesoro, llegó a la ciudad, preguntó por la cárcel, no sabía dónde se encontraba, iba ansioso por encontrarla.

Al llegar a la puerta tuvo que respirar hondo para tranquilizarse, el corazón le galopaba en el pecho.

El la puerta de la cárcel había un guardia, Camilo se dirigió a él.

-Buenos días ¿podría pasar a ver a Ana?

-¿Qué Ana? No creo que aquí haya solo una Ana.

-Perdone, Ana Marque.

-De me su documentación.

-Camilo saco su cartera y le dio su carnet de identidad.

El guardia lo examinó con detenimiento.

-Pero usted no es familia directa de la reclusa.

-No, pero es una conocida desde hace muchos años.

-Lo siento joven, pero sólo se admiten visita a los familiares.

A Camilo se les cayó el corazón a los pies.

-Siendo así, ¿Le podría entregar este bolso?

- ¿Quién le digo que se lo envía?

-De parte de Camilo

- ¿Qué Camilo?

El guardia se impacientó.

Camilo Casas.

- Bueno ya sabe que esto será revisado por los guardias, si todo está en regla, lo recibirá en unas horas.

-Gracias, muchas gracias.

Con gran disgusto se fue para la parada del autobús, tardaría unas horas en salir para el pueblo.

Llegó al caer la tarde, Carmen lo estaba esperando, como siempre con la amabilidad que le caracterizaba.

-¿Cómo ha ido Camilo?

-Mal Carmen, no me han dejado verla.

-¿Pero le habrás dejado las cosas?

-Sí, para eso no me han puesto objeción, otra cosa es que le llegue.

-Sí, dicen que sí que las cosas le llegan, pero lo malo es que no te dejen entrar, no has podido verla.

-Bueno al menos lo he intentado.

-Claro, eso te va a tranquilizar, ya verás.

-Sí, Carmen, gracias por ser tan comprensiva.

-Siempre trato de ayudarte, nada más.                                                

                                                 

Los hijos de Carmen y Camilo se estaban haciendo mayores, el tiempo pasaba de prisa, un día mientras estaban en la mesa a la hora de la comida, Carmen comentó.

-Hay que ver cómo la gente se va del pueblo a las grandes ciudades.

Al hijo le faltó tiempo para contestar.

-Claro como tendremos que hacer nosotros, cuando estemos en edad de trabajar, aquí no hay trabajo.

Carmen muy pausada le respondió.

-Todo a su debido tiempo, ahora sólo tenéis que pensar en terminar los estudios, fuera del pueblo lo tendréis más fácil si estáis preparados, así que ya sabéis aplicaros que ya os queda poco para labraros un porvenir.

Camilo no levantó la cabeza del plato, el no se iría del pueblo hasta no ver en que quedaba Ana, pensaba que estaba enferma, cuando murió su madre no la habían traído al entierro, a él eso no le daba buena impresión, si la trajeron para el padre que eran aún tiempos más difíciles, por qué no la iban a traer para su madre.

Eso le hacía pensar que no estaría bien, claro que cuando él la vio en el entierro de su padre, tuvo la impresión que estaba muy mal, física y anímicamente.

Todo esto le hacía permanecer cerca de ella, pero los hijos crecían y querrían volar como toda la gente, esto lo ponía enfermo sólo de pensarlo.

- ¿Tú que dices papá?

-Yo no digo nada, de momento, aún falta mucho tiempo, hacer lo que dice mamá estudiar qué es lo que toca ahora, ya veremos más adelante cómo se van desarrollando las cosas.

 

                                                       

 

                                 XI

 

Camilo seguía sentado en el banco, ya llevaba horas, pero el no tenía noción del tiempo, cuando se metía en su coraza era como si el mundo se hubiese parado.

Miró el reloj, dio un salto.

-Las tres, se dijo a sí mismo.

Carmen lo estaría esperando para comer, como siempre se preocupó, no quería darle un disgusto a Carmen por nada del mundo.

Caminó de prisa para su casa, no estaba muy lejos, no le gustaba alejarse mucho las fuerzas le flaqueaban, empezaban a pesarle los años.

Cuando entro por la puerta Carmen ya tenía la mesa puesta.

-Camilo, cuánto has tardado en volver me preocupa, te lo he dicho muchas veces, me parece que te pasa algo malo por ahí.

-No te preocupes mujer ¿Qué me va pasar?

-Qué sé yo, se oyen tantas cosas.

-Lo siento Carmen, me he distraído y no he mirado el reloj.

-Bueno a comer que la comida se enfría.

Se sentaron a la mesa silenciosos como casi siempre, Camilo no dejaba de volver al pasado, era como si hiciera un recuento de su ya larga vida.

A veces tenía que hacer de tripas corazón para que su mujer no notara aquella tristeza que le invadía.

Como siempre pasaron un rato al salón para descansar y ver la televisión.

A Camilo le gustaba ver las noticias y poco más, en cambio Carmen se entretenía viendo los programas habituales de concursos y documentales.

Pasado un rato, Camilo se fue a descansar un rato a sus aposentos.

                                         

                                XII

 

Se echo de bruce en la cama, pensó en su mujer, que mujer más buena era Carmen, que comprensiva con él, mira que le daba motivos sobrados para que alguna vez se enojara, pero nada, siempre con aquel conocimiento y buen humor.

Ya el día antes la había visto hacer la bolsa para cuando volviera a la cárcel.

Eran tiempos malos, no tenían dinero para comprar un bolso cada vez que visitaba a Ana, porque claro, el bolso nunca se lo devolvían.

 Carmen de trozos de tela que le sobraban de hacer las camisas o de sus vestidos, los iba uniendo y así trozo, a trozo los iba juntando hasta tener el tamaño deseado, no tenía que ser muy grande, total para unos trocitos de embutidos, una pastilla de chocolate y la colonia, eso sí, no quería Camilo que eso le faltara, él bien sabia como le gustaba a Ana perfumarse.

Cuando llegó el fin de semana le dijo a Carmen.

-Carmen este fin de semana quiero ir a ver a Ana, hace mucho tiempo que voy y nunca me has acompañado.

-Pero no es por nada Camilo si no que no es lo mismo pagar dos viajes que uno, tu sabes que ahora hay días que no tienes trabajo, y cada día se necesita comprar los alimentos, a veces me tienen que fiar en la tienda, para poder subsistir, los niños cada día necesitan más. Pero no te preocupes, esta vez te acompaño, ya nos arreglaremos.

 

Como acordaron el domingo muy de mañana partieron para la capital.

Carmen colgada del brazo de su marido, trataba de infundirle su gran apoyo.

Cuando iban para la cárcel Carmen le dijo.

-Camilo si te parece bien, podemos tomar un café, estamos en ayunas y ya es tarde.

-Sí, Carmen llevas razón, no tengo apetito, pero hay que tomar algo.

Entraron en un bar que le caía de paso y pidieron sendos cafés.

No tardaron en salir, Camilo tenía prisa por llegar a la cárcel.

Cuando llegaron a la puerta, lo miró el guardia como si le quisiera trasmitir con la mirada algo, aquella mirada era inhabitual en él.

-Buenos días.

Camilo hizo mención de entregarle el bolso, pero el guardia no se lo cogió, se entró para la garita y sacó un bolso en la mano.

-No, esta vez soy yo el que le devuelvo el último bolso que usted me entregó.

- ¿Pero por qué? ¿es que hay otras normas? ¿Es que no se le puede pasar nada a los reclusos?

-No haga preguntas, circulen, circulen.

Le contestó el guardia agriamente.

Carmen cogió del brazo a su marido y lo apartó de la fila de la gente que esperaba, Carmen había captado la situación, pero Camilo como siempre

estaba dominado por su crónica ceguera.

Caminaron en silencio de regreso para coger el autobús, Camilo iba muy triste, antes de subir al convoy Camilo le dijo a Carmen.

-Carmen esto me da mala espina, creo que Ana debe estar muy enferma.

-Ponte en lo peor Camilo, este juego se lo he escuchado a mucha gente, no dan explicaciones, pero si te devuelven las cosas está claro, esa persona ha desaparecido, me duele decirte esto, pero es la realidad.

-Qué pena de Ana Carmen, en la flor de la vida, triste destino, si era como un ángel toda sanidad. Perdóname Carmen ya terminó todo.

-No tengo nada que perdonarte, tú eres así, la querías y has luchado por ese amor tan verdadero.

-Gracias, deberías estar molesta, o herida en tu amor propio y sin embargo eres todo comprensión.

-Siempre te he querido, eso es todo.

-Claro y yo también te quiero, pero me daba tanta pena de Ana.

En su inconsciente Camilo se repetía:

-¡Mi dulce Ana!

Al llegar a casa Camilo ya no podía más, había sido un día muy duro para él.

Me voy a descansar Carmen, estoy muy cansado

Carmen pasado un tiempo llamó a su marido para comer.

-Camilo, ¿Te has quedado dormido?

-No, Carmen me duele la cabeza, ha sido un día muy triste, aunque ya me lo esperaba, pero es muy duro.

                                                     

Pasado el tiempo, Camilo un día cuando estaban reunidos en la mesa, le dijo a Carmen.

-Hace tiempo que no sabes nada de tu prima Luisa, le podías escribir para que te dijera como están las cosas por allí, referente al trabajo claro.

Carmen tardó unos segundos en contestar, pero tanto Pilar como Luis, saltaron de inmediato.

- ¿Es que piensas marchar? Si es así nos iremos todos. ¿Verdad?

Carmen estaba atenta a las palabras de sus hijos ella sabía que estaban deseando irse, por eso no había comentado nada de las noticias que recibía de su prima, quería que fuera Camilo el que tomara la decisión, no quería forzarlo, después de todo era el cabeza de familia y era él el que tenía que trabajar de momento, luego ya se irían incorporando los chicos y ella, claro, su prima le decía que había mucho trabajo para todos.

-Sí, Camilo sí que tengo noticias lo que pasa es que yo quiero que seas tú el que tome la decisión.

-Siendo así escríbele y le preguntas si hay alguna posibilidad para marcharnos, esto está mal y los chicos están a punto de terminar la escuela, allí a lo mejor pueden hasta aprender un oficio, aquí ya sabemos lo que hay.

-Mi prima me dice en sus cartas que se han alquilado un piso muy grande y tiene dificultad para pagar el alquiler, ella se ha ofrecido para que si queremos nos vallamos a su casa, para empezar claro, así lo pagaríamos a medias hasta que nos situemos, luego sobre la marcha ya se verá.

-No es mala idea, pero si en principio no encontramos trabajo, cómo vamos a pagar piso, para los gastos de comida y lo más necesario tendremos para un tiempo con lo que tenemos ahorrado.

-Todo eso ya lo hemos hablado, no te preocupas Camilo.

- Bueno púes si a los chicos le parece bien, empezaremos a preparar el viaje.

Los chicos abrazaron a su padre, estaban eufóricos de la alegría.

-Bueno, bueno, A ver si tenemos suerte yo lo hago por vosotros, así tendréis la posibilidad de al menos, aprender un oficio.

                                            

                                             

 

                            XII

 

El tiempo pasaba y Carmen y Camilo se hacían mayores a paso agigantado, Carmen estaba delicada de salud, era Camilo el que llevaba la casa, se encargaba de la comida, la compra, de lavar la ropa, Carmen casi no podía caminar, sus piernas no la aguantaban en pie, pero el siempre solícito la atendía con la amabilidad que le caracterizaba. Poco tiempo después Carmen murió a consecuencia de sus muchos achaques.

Camilo quedó sólo en la casa, los hijos lo visitaban a menudo, pero el se encontraba bien de salud y sobre todo y lo más importante era que estaba lúcido, su mente tan sumamente castigada le funcionaba como cuando era joven. Seguía dando sus largos paseos como siempre, pero ya no se alejaba ni paseaba por la montaña ni por el río, solía danzar por las calles casi siempre sin un rumbo fijo.

Conservaba la amistad de su amigo Pascual éste le seguía contando las historias de la mili que de tanto escuchárselas se las sabía de memoria.

A veces desayunaban como siempre acostumbraban café con churros, en la cafetería de Fausto. Era el único amigo que le quedaba, porque Blas hacía tiempo que había muerto.

Cuando Pascual murió sus hijos decidieron llevarlo a una residencia, no querían que estuviera sólo, estaba perdiendo facultades y no estaban tranquilos.

Miraron una residencia que estuviera bien y retirada de la gran ciudad, le habían comentado de una que estaba cerca de un pueblecito que era muy tranquilo, incluso podía salir a dar sus paseos fuera del recinto.

Se lo comunicaron a su padre y el cómo siempre humilde y comprensivo les dijo que el aceptaba lo que ellos decidieran.

Poco después salió para su nueva morada, sus ojos rasados por las lágrimas, no hicieron a mención de mirar pasa tras. No se imaginaba ni por lo más remoto, que en aquel centro se llevaría la mayor alegría y desilusión de toda su vida.

 

Al legar al geriátrico se despidió de sus hijos que le habían acompañado. Quiso continuar solo, no quería que sus hijos lo vieran llorar, estaba seguro que lloraría al llegar a un lugar tan extraño para él, siempre lo había comentado con Carmen no eran partidarios de salir de casa, pero a él le había tocado claudicar.

El centro no era muy grande sólo tenía dos plantas, eso sí, estaba rodeado de un gran jardín, era rico en árboles y en los laterales de los senderos rosales, una gran variedad de ellos de diferentes colores, a cada poco trecho había una gran variedad de bancos todos diferentes, cosa que llamó su atención, eran cómodos, para que sus ocupantes pudieran descansar.

Camilo miraba todo con bastante atención, algo inusual en él.

Llegó a la puerta de entrada, una joven le salió al paso.

- ¿Eres Camilo? Le pregunto la joven con bastante familiaridad.

-Sí, soy yo, mis hijos me han acompañado hasta la verja del jardín.

-Claro ya me extrañaba que hubiese venido solo.

La joven muy amablemente le acompaño a su habitación, después de acomodarle le estuvo mostrando todo el centro, los dormitorios estaban en el segundo piso, en la primera planta el comedor, sala de estar, cocina y otras instalaciones necesarias para sostener las necesidades de un grupo de gente tan elevado.

Por la expresión de su cara, no parecía desencantado, lo que más le ilusionaba era el jardín, llevaba muchos años viviendo en un piso, aquello le recordaba al pueblo, su pueblo, que tanto había añorado durante años. Ya le habían comentado sus hijos que si estaba bien podía dar paseos por el pueblo, que en lo que pudo apreciar al cruzarlo cuando llegaron era un pueblo pequeño.

Después de la comida Camilo salió a dar un paseo por el jardín, los bancos estaban muy concurridos, hacía buen tiempo, no en vano estaban en mayo, los rosales parecían desbordados de rosas.

Al final de un sendero, un banco estaba casi vacío, sólo una anciana sumisa y distraída, se le aproximó con cautela, le pareció que no quería compañía, no era usual que con tantos compañeros estuviera tan sola.

- ¿Le molesta que me siente? Le preguntó cauteloso Camilo.

La anciana lo miró con una mirada perdida, como si no mirara nada.

No le contestó, Camilo no la volvió a molestar, siguió sentado junto a ella, la miraba de reojo, algo le atraía de aquella anciana, quizás aquella ausencia que se palpaba en su casi inexpresiva cara, sus ojos, algo le era familiar, tenía la impresión de haberla visto en otra ocasión, pero no podía recordar, por más que lo intentaba.

Camilo estaba lúcido como si tuviera cuarenta o cincuenta años, pero había cosas que ya no captaba como antes, así que se fue del banco y se olvido de la anciana.

Pasaron unos días y no volvió a reparar en la pobre mujer, él paseaba sólo no le apetecía hacer amistades con los otros u otras viejos que deambulaban de un lado a otro del jardín.

Un día pidió permiso para ir a dar una vuelta por el pueblo, no le pusieron impedimento, se veía claramente que estaba bien en realidad nadie diría que tenía casi ochenta años.

 

 

El pueblo le encantó, hasta conoció a un hombre de mediana edad e hicieron una pequeña amistad, le había caído bien, de hecho, a él no le gustaba la gente de su edad se encontraba más a gusto con los más jóvenes, tenían otros temas de conversación que le distraía, eran relatos e historias para él nuevas.

Cuando regresó era la hora de la comida, se fue para el comedor y justo al lado de la anciana silenciosa había una silla vacía. Se sentó a su lado, pero no le dijo nada, ella lo miró como si no viera nada, él casi no le prestó atención. Después de la comida se levantó y se fue para el jardín, se sentó en un banco que estaba vacío, le gustaba estar solo.

Al poco tiempo vio venir a la anciana cabizbaja y silenciosa como siempre, al llegar hasta él se le acercó y se sentó a su lado, esta vez lo miró con insistencia, él extrañado sostuvo su mirada esa mirada que le seguía recordando a alguien, ella se aproximó a él y lo tomo le la mano, muy extrañado le preguntó.

¿Cómo te llamas? Ella negó con la cabeza, la verdad que ya no sabía que hacer ni que pensar, era una persona muy extraña no le había querido decir su nombre, o quizás no lo recordaba. Allí permanecieron largo rato, cuando él se levantó ella lo siguió y toda la tarde fue junto a él, pensando en aquella situación tan extraña, llegó a una conclusión, se informaría de quien era aquel personaje tan raro, era un comportamiento fuera de lo normal y empezaba a intrigarle.

Después de la cena el se fue para su habitación, ella esta vez no lo siguió.

 

A la mañana siguiente, se aproximó a la chica de recepción y le preguntó que a quién se tendría que dirigir para informarse de algo que le interesaba saber. La chica le dijo que al final del pasillo a la desecha estaba el despacho de la directora, que ella le podría informar de lo que quisiera saber.

Llamó a la puerta y una voz suave le dijo que pasara.

Ya frente a ella, no sabía cómo le iba ha decir lo que le preocupaba, en el fondo del alma Camilo era bastante tímido.

-Perdone que la moleste, pero quisiera saber de una señora que está aquí en el centro, sabe, es que su cara me da la sensación que no es la primera vez que la veo, la he abordado y le he preguntado su nombre, pero se encoge de hombro y no me responde.

-Ah, debe ser Anita, esta señora está enferma tiene un Alzheimer bastante avanzado.

-Si no es mucho pedir, ¿me podría decir su apellido?

-Un momento, se lo miro, no me puedo acordar del apellido de todos los internos.

-A ver, aquí está, se llama Ana Marque, le dijo la directora, y lo miró, vio cómo palidecía.

- ¿Pero qué le pasa señor? ¿se encuentra mal?

La directora fue junto a él justo a tiempo para impedir que cayera al suelo, Camilo se había desmayado.

Rápidamente llamaron al médico que no tardó en llegar, pidió un poco de amoniaco y con un algodón bien empernado se lo puso en la nariz.

Camilo fue reaccionando poco a poco, cuando abrió los ojos y recordó lo que le había dicho la directora, se volvió a desmallar.

El médico preguntó, que, si se había llevado algún disgusto, la directora le contó todo el proceso y ya empezaron atar cabos.

Cuando reaccionó las palabras brotaban de sus labios.

-Ana, mi dulce Ana.

En pocas palabras contó su historia al médico y a la directora, los dos quedaron silenciosos ante el cuadro tan triste de aquel pobre hombre.

Cuando Camilo reaccionó le preguntó que como había llegado hasta allí,

La directora le dijo que ella llevaba poco tiempo en el centro, pero una de las enfermeras ya mayor y que llevaba allí casi desde el origen del centro lo podría informar.

Camilo se atormentaba pensado lo cerca que había estaba de ella y sin saberlo, se acordaba de Carmen, cuánto la echaba de menos, ahora le contaría todo, y bien seguro que se alegraría ¡era tan buena!

Camilo estaba sentado en el comedor, era la hora de la comida, miró minuciosamente, pero no vio a Ana, cuando estaba dispuesto a salir al jardín a buscarla una enfermera lo abordó.

-Perdone, es usted Camilo, -sí soy yo, -le contestó Camilo muy extrañado.

-Me ha dicho la directora que estaba usted interesado en saber cómo llegó al centro Anita.

-Ah, usted debe ser la enfermera, ya me lo había comentado, púes sí que me gustaría saber cómo llego hasta aquí.

 

-Vera, hace muchos años, ella tendría unos cincuenta más o menos, llegó al centro un matrimonio ya muy mayor, Anita los acompañaba, era como algo suyo, sólo atendía a la señora, la acompañaba a todas horas, era eso, como su compañera inseparable. Un día sin yo preguntarle la señora me dijo que le tenía un gran cariño porque hacía muchos años que la tenía en su casa. Me contó que su marido era un alto mando del ejército y que un día había visitado la cárcel de mujeres, en dicha visita conoció a Anita era una reclusa por problemas de política, pero no había en su expediente ningún delito grave, según mi marido le dio pena de ella, era muy joven y estaba muy débil muy enferma. Tuvo que pedir permiso y favores a sus superiores, y aun así, le pusieron muchas condiciones, no podía recibir visitas ni comunicarse con nadie, eran unos tiempos muy represivos, ella me decía que sus padres habían muerto, según ella tenía hermanos. Cuando pasaron los años y las cosas cambiaron, un día la acompañé a su pueblo, pero no encontró a ningún familiar ni conocidos, habían emigrado, el pueblo estaba casi desierto.

Cuando mis hijos decidieron ingresarnos aquí, yo quise que ella estuviera con nosotros, y ya tengo todo preparado para que cuando faltemos ella pudiera quedarse aquí.

Camilo la escuchaba muy atento, mientras a veces las lágrimas corrían por sus flácidas mejillas.

-Los señores faltaron y ella quedó por aquí, ayudaba a las compañeras que estaban más necesitadas, la verdad que todos la querían, pero hace unos años esa horrible enfermedad la va dejando como un vegetal.

Camilo quedó pensativo y rompió en sollozos, la enfermera, una mujer acostumbrada a tantas cosas desagradables, lo abrazó y le infundió todo el ánimo que pudo, pero Camilo ya casi un anciano, no tenía consuelo.

Le dio las gracias a la enfermera, ella se despidió y él quedó un buen rato llorando y pensativo.

Aunque todos estaban ya esperando la comida, Camilo no tenía apetito de fue a su habitación, allí dio rienda suelta a su dolor, maldiciendo el destino que le había tocado vivir, la impotencia que sentía de no haber podido hacer nada por aquella mujer que tanto había sufrido.

En su inconsciente pensó en Carmen, miró por la ventana al cielo y desde allí le dijo: Carmen he encontrado a Ana, pero ella no me reconoce.

Al día siguiente muy de mañana buscó a Ana, la encontró como casi siempre sentada en el banco, se aproximó a ella, no lo rechazó, la tomo de las manos y muy cerquita de ella, la miró a los ojos, aquellos preciosos ojos grises, ahora secos, bien seguro de tantas lágrimas que habían brotado de ellos, aproximó sus labios a su oído y pronunció aquellas palabra que tantas veces había dicho sin que ella las escuchara: Ana mi dulce Ana, volvió a mirar sus ojos y vio como dos lágrimas brotaban de ellos.

Camilo la abrazó tan fuerte como le permitieron sus pobres fuerzas.

Ella seguía llorando sin pronunciar una sola palabra.

 

Pasaron unos meses, dicen que Camilo y Ana siguen dando largos paseos por los senderos del jardín, cuentan que los ven cogidos de la mano y cómo Ana hasta se ríe con las cosas que le cuenta Camilo.

  

 

 

                                                                                   Manuela Llera Ramos