SENTIMIENTOS CASTUOS

SUSPIROS DE ESPAÑA

martes, 24 de abril de 2018

                                   SOLAS ELLA Y YO

                      Corrían los años de los 50  

En la sala silenciosa, solas ella y yo, solíamos sentarnos en nuestras 
respectivas sillas con el asiento de anea; debajo de la falda de gamuza de la pequeña mesa camilla, un cálido brasero reconfortaba la estancia. 
Frente a nosotras, una vieja ventana de madera de dos hojas, sólo una de ellas tenía cristal, daba a una calle amplia y soleada.
A través del fino cristal, a veces, veía caer las canales, que resbalaban del viejo y sumiso tejado cuando la lenta lluvia caía. 
Cómo música de fondo, el tic- tac del viejo y cansado reloj despertador que reposaba en el basar, sólo funcionaba si estaba echado en su propio costado. Silencio y tristeza en la cara de ella. En la mía, aburrimiento, creándome una melancolía eterna. Largas noches, monotonía estable, escaseé de infantes. Sólo tristeza adulta. Son huellas que el paso del largo tiempo nunca puede borrar. 
Aquellas horas largas, constante vacío de alborozo. Consejos de 
una mente de dos generaciones atrás. -En mi época, las faldas se 
llevaban hasta los tobillos; de hecho, aún la sigo llevando. -Solía 
Decirme. -Ahora, ya ves, tu la llevas muy corta, apenas te tapa las 
rodillas. Aún eres pequeña, pero cuando seas mayor te la tendrás que poner más larga, no está bien visto que una señorita vaya luciendo las piernas. Te tienes que ir preparando para el futuro que te espera. 
Tienes que aprender a coser, hacer toda clase de labores hogareñas, es lo que vas a necesitar cuando seas mayor, y a lo largo de toda tu vida. -Y así, siempre la misma canción. Y yo siempre atenta a los consejos, sin un reproche, ni una sola queja. ¿Esta noche que vamos a cenar? Pocas veces me atrevía a hacer esa pregunta; entre otras cosas porque ya lo sabía, casi siempre era el mismo menú: pan tostado en el brasero de picón, con un chorrito de aceite de oliva y un trocito de queso de cabra, de elaboración propia. En contadas ocasiones cambiaba el queso por una pastilla de chocolate. -¿Esta tarde podré salir un ratito con mis amigas? 

Es domingo. Me atreví a preguntar. -Sí, puedes salir a jugar, pero antes de ponerse el Sol tienes que volver, no me gusta que andes por la calle cuando se haga de noche. -Me ponía un vestido bonito, y me peinaba con dos largas trenzas, en las que me ponía dos lazos blancos como dos grandes mariposas. Luego, en ocasiones, se rebuscaba en su faltriquera y me daba una perra gorda, o, como mucho, tres chicas. Siempre me las gastaba en confites de anís. 
En las largas noches, sobre todo en invierno, empleábamos el tiempo escogiendo los garbanzos, naturalmente, uno a uno, ya que abundaban las impurezas, era el menú casi diario. 
Otras noches me tocaba leer una página de un libro cualquiera, mi abuela era sumamente metódica, y yo, obediente y sumisa. 
A veces me ponía como deberes copiar la página que había leído el día anterior; un día a la semana tocaba hacer cuentas y estudiar la tabla de multiplicar. En fin, pocas horas tenía libre. Por el día tocaba labores: ganchillo, el fatídico punto de cruz, punto de media, pero sobre todo coser: hacer zurcidos y piezas en la ropa ya rota, los calcetines eran una tortura, cada día se rompían. Todo era rutina: desde entonces la detesto. 
Antes de irnos a dormir, era como un ritual, mi abuela cerraba las 
puertas, le daba cuerda al reloj despertados que posaba en el basar, sólo funcionaba si estaba echado en su propio costado y cambiaba la hoja al almanaque perpetuo que colgaba de la pared. Cuando yo era casi una adolescente, mi abuela enfermó. Una mañana fría del mes de noviembre se me fue para siempre. 
Yo sentí un gran dolor y pensé que se había llevado un trozo de mi. Hoy es un pasado muy lejano, pero aquellas huellas monótonas me fueron de gran provecho a lo largo de toda mi vida, porque me enseñaron a saber estar, a escuchar, a obedecer y tantas y tantas cosas de provecho. Lástima que casi no supe aprovecharlos o no quise, a lo mejor porque la creí poco adecuadas para mi época. 


Manuela Llera Ramos



sábado, 13 de mayo de 2017


AL ALBA

                               
Hoy mi despertar es afligido, a través de la ventana contemplo el paisaje, triste el alba se despierta delante de la costa. La mar eclipsada por la brisa presenta una paz inmensa.
Ante tan penosa situación, pensé volver a la cama, el día era largo y las tareas escasas. Tendida de espalda en la cama, contemplé mi acogedora habitación, el colorido alegre de las cortinas, me alegraba, los muebles sencillos, pero de estilo moderno, eran cómodos y agradables.
Como no podía reconciliar el sueño, volví a la ventana, el paisaje cambiaba a medida que levantaba el día. Mi ánimo se alegró, me iría a pasear por la playa, me encantaba sentir en mis pies el frío de las aguas bulliciosas.
Podía haber sido un agradable paseo, si no me hubiesen asaltado los tristes recuerdos.
En mi mente, lo vi correr por la orilla de la playa, con su risa cantarina y aquella elegancia que le caracterizaba.
Cómo me alegraba la vida, suerte que pronto volvería, o, al menos, esas eran las perspectivas, pero no dejaba de ser un futuro incierto.
La guerra era la guerra, pero sería mejor y más alentador pensar en positivo.
Como cada día pasé por el kiosco de la esquina para coger el periódico, siempre me gustaba ver las noticias de la guerra. 
Él era un personaje conocido de los medios de comunicación, si tuviera algún percance todos los medios lo publicarían, pero aunque lo miraba con ansias, también sentía miedo, miedo de encontrar entre aquellas líneas su nombre.
Volví a casa, intentaría contactar con él por teléfono, aunque pocas veces había cobertura, era un país completamente derruido por las bombas y metrallas.
Los habitantes de allí han huido por miedo al hambre y a perder su vida entre aquella sin razón, pero él allí seguía cumpliendo con su penosa profesión.
En ese momento suena en teléfono, en décimas de segundo estaba al habla, pero era una voz desconocida para mi.
Después de escuchar unas pocas palabras el teléfono callo de mis manos y me desmayé.                  

 Manuela 

domingo, 17 de enero de 2016

 QUERIDOS REYES MAGOS

A primera hora de la noche, el niño ya solía poner los zapatos en la ventana, como niño que era, no perdía la esperanza de que los Reyes atendieran su llamada, una llamada que ya hacía un par de años, no le escuchaban.
Su mamá, pasaba por una situación muy precaria, se había quedado sin trabajo y vivía gracias a la caridad de las buenas almas. 
Anteriormente vivía desahogada, pero la nueva situación la había llevado a un caos total. La mamá, sufría por no poderle dar a su hijo, no ya juguetes, sino cosas más imprescindible como: la comida, la ropa y el calzado. 
La noche de Reyes era más penosa todavía, porque no tenía nada para poner en aquellos zapatos que con tanta ilusión colocaba su pobre hijo en la ventana. Cuando el niño ya se había dormido, la mamá fue a mirar los zapatos, pero se llevo una sorpresa, el niño adjuntaba una carta escrita en una hoja de su libreta del colegio, la mamá muy silenciosa cogió la carta y comenzó a leer.

Queridos Reyes Magos: 
Ésta vez no os voy a pedir juguetes, pero sí os rogaría me dejarais unos zapatos, los niños del colegio se ríen de mi, porque los tengo muy rotos y como me quedan pequeños se me salen los dedos por delante, y si podéis, unos calcetines, da igual el color, pero con estos fríos se me ponen los dedos negros.
En la ventana dejo los viejos para que veáis que es verdad lo que digo.
Gracias queridos Reyes, sé que ésta vez leeréis mi carta. 

Un abrazo de Carlitos.

Cuando la mamá leyó la carta se le cayó el corazón a los pies.
Al despertar el niño, corrió a la ventana y allí estaban unos zapatos flamantes, con sus correspondientes calcetines, de cualquier color, eso no importaba.
Corrió a la habitación de su mamá para enseñárselos, la mamá sonrió soñolienta con cara de haber trasnochado.

Manuela 

jueves, 23 de abril de 2015

UNAS MONEDAS

 CUENTO INFANTIL

                       
El colegio estaba ubicado en la ladera de una montaña, desde donde se podían contemplar unas puestas de sol inigualables, a pesar de que la montaña de Montserrat se interponía con su majestuosa altura. Contaba con una zona vasta y ajardinada, que le hacía atractivo y hospitalario.
Era un colegio grande y bien equipado, con zona deportiva, piscina y un magnifico gimnasio.
Había aulas habilitadas para niños y niñas de todas las edades.

A una de las clases, asistía un niño muy especial llamado Elio. Era muy débil, estaba muy delgadito y apenas podía jugar.
Los compañeros de clase lo rechazaban y si alguna vez él intentaba jugar, rápidamente lo apartaban y le decían:
 - ¡Tu no vales!
       Él, en silencio, se apartaba y siempre andaba dando vueltas por el patio cabizbajo, triste y solo.

Un día el profesor salió de la clase y se ausentó un largo tiempo. Todos los niños, en su ausencia, aprovechaban para mofarse del pobre Elio. Él, como siempre, callaba y, muy triste, seguía con sus deberes Era muy aplicado y siempre en los exámenes era el mejor de la clase. Por ese motivo también le tenían manía, o envidia, porque ellos eran incapaces de seguir la clase como él.

Cuando regresó el profesor, miró la mesa, empezó a remover unos papeles, como si buscara algo entre ellos. Se le veía nervioso.
Con muy mala cara miró a los niños y les dijo:
  -¿Alguno de vosotros ha cogido de mi mesa unas monedas? Yo las había dejado aquí.
     -¿Quién de vosotros ha sido?
Todos los niños callaron.
-Bueno puesto que nadie se declara culpable, me veré obligado a castigar a toda la clase. Pero primero os daré una oportunidad.
Ahora colgaré de la silla esta bolsa, caminaréis en fila india, el que las haya cogido las puede depositar en la bolsa.
Así nadie sabrá quien ha sido. Si no aparecen, me veré obligado a tomar medidas drásticas.
Al terminar miró la bolsa, naturalmente ésta estaba vacía.
-Bueno ¡vosotros lo habéis querido!
Uno a uno portaréis un cartel a la espalda que yo mismo escribiré, en el que ponga algo ofensivo.
Un niño, que le tenía mucho odio a Elio, lo apuntó con el dedo índice y dijo:
-¡Ha sido él!
Toda la clase  gritó.
-¡Sí ha sido él!
Elio lloraba sumiso, como siempre.
El profesor lo miró sorprendido y le preguntó:
-Elio dime la verdad, ¿has sido tú?
Elio, cabizbajo, asintió con la cabeza.
El profesor sentenció muy seriamente:
-Ahora saldremos al patio y llevarás un cartel en tu espalda, en el que ponga “¡Soy un ladrón!”
Los compañeros aplaudieron muy cruelmente.
En la cara del profesor se denotaba una gran tristeza.
Él apreciaba a Elio porque era un buen alumno, prudente y muy inteligente.
Salieron al patio y el pobre Elio iba sumiso y silencioso, como siempre. Con el cartel a la espalda, dio varias vueltas al patio con los compañeros detrás vociferando:
-¡Ladrón, ladrón, ladrón!
Al profesor se le saltaban las lágrimas, pero no tenía más remedio que dar ejemplo, por más que le pesara.
Cuando volvieron a clase y el profesor quitó el cartel de la espalda de Elio, éste cayó desmayado al suelo. Era tan débil que no pudo soportar tanta presión.

Todo volvió a la normalidad. Ya habían retomado la clase      cuando hizo acto de presencia la señora de la limpieza, quien se dirigió al profesor y le dijo:
-En el cajón de la mesa le guardé unas monedas que había dejado entre los papeles.

       -¡Oh! -Una exclamación resonó en toda la clase.
Los niños se pusieron en pie. El profesor, atónito, no sabía que decir, se había quedado sin palabras. Ya más sereno le preguntó a Elio:
-Vamos a ver, Elio, ¿por qué te has autoinculpado de algo que no habías hecho?

 El niño, casi sin palabras, acertó a decir:
-Es que,… para que castigara a toda la clase he preferido sufrirlo yo.
Un aplauso atronador estalló en la clase.
El profesor muy serio y pesaroso le dijo:
- Elio, ven para acá, -lo situó delante de su mesa y les dijo a los niños:
-Iréis pasando de uno en uno, le pediréis perdón y le daréis un gran abrazo. El último se lo daré yo.

Desde ese momento todos los niños querían jugar con Elio, convirtiéndose en el protagonista en todos los juegos.




Manuela

jueves, 11 de septiembre de 2014

SEGUIMOS MARUJEANDO



Ufff… que mañana llevo, no he limpiado la casa ni he preparado la comida,  es que últimamente no me cunde la faena, no sé, estoy como pesada, pero no peso más, que va, no subo de mis ochenta kilos, que ya ves, eso no es nada si tienes en cuenta que mis medidas son… 
Bueno eso mejor me lo cayo.
Y ahora para postre me están llamando a la puerta, seguro que es mi vecina la Teofila, ¡que es de pesada!, ya me vendrá con algún cotilleo de la tele. 
Lo suyo son esos programas que toda la gente dice que no ven, pero que luego están empolladas de todo.
Púes no, mira por donde, hoy viene con el tema del día, sí, de ese, que dicen que ha metido la mano donde no debía.
Pero que eso no es nuevo, que en alguna ocasión, ya hace mucho años, le habían dicho, que, entendían que tuviera dos lenguas, pero no dos bocas.
Claro que la gente todo lo tiene que criticar, con tantas bocas que tenía que alimentar, con tantos retoños y la retoña, no tenía más remedio que hacer filigranas aunque fueran indebidas. 
Pero lo más sorprendente son esos, bueno los que dicen que nos gobiernan, que pobres, a lo mejor tenían unas cataratas como catedrales.
Y es que mi vecina es muy cotilla, pero en ocasiones lleva razón,
sobre todo cuando dice que vivimos en una ciudad sin ley. 
Pero que no se puede generalizar, porque nosotros - los de a pie, -aunque sea una frase tan hecha, si percibimos una miseria de herencia nos hacen pagar gusto y gana por eso que llaman derechos reales, que dicho sea de paso; yo de esto no entiendo, no sé si eso tiene que ver con la realeza. 
No, me dice mi vecina que no, pero ella que sabe, si hasta creo que ella sabe menos que yo.
Me estoy desviando del tema, me dice mi vecina.
Jajaja, mira lo que dice, que hay quien no tiene dos manos sino decenas de tentáculos como los pulpos, vaciando nuestras carteras, porque claro, según mi vecina, así es: son de todos nosotros.
Pero que como mi vecina venía hoy tan misteriosa, yo pensé, “me trae una buena noticia“: que han devuelto los euros que espoliaron, pero que va, que va, como solía decir mi abuela: el ron ron, tres días son. Cuando pase un poco de tiempo. ¿Quién se acuerda ya de eso? Y no pasa nada, bueno pasa que nos quedamos con esta crisis tan cacareada, y en cacareo se quedará.
Bueno voy a darle el pasaporte a mi vecina, que hoy sus cotilleos son los que están al orden del dia en la tele y me está haciendo perder el tiempo. Cuando venga mi marido no tendré la comida preparada, pero es igual, me quiere tanto, que como se suele decir con mirarme se mantiene. Pero que dichos tan mentirososssss.



Manuela