SENTIMIENTOS CASTUOS

SUSPIROS DE ESPAÑA

miércoles, 23 de abril de 2014

LA HUIDA



        Irene contempla el paisaje desde la ventanilla de un tren que había cogido al azar. La gran ciudad empezaba a agobiarle, las calles plenas de gente, los coches y, sobre todo, el aire irrespirable. Por esa razón tomó la decisión de abandonarla, pero no tenía definido el destino a seguir.
       No hizo elección alguna al coger el tren que la llevaría a un destino incierto. “Sobre la marcha decidiría”, pensó cuando el convoy avanzaba. Ensimismada, contemplaba el paisaje, un paisaje que, a veces, contemplaba sin ver   
           Supuso que quizás por el sur estaría bien. Por lo que dicen, a allí se vive muy tranquilo; después de todo, no tenía prisa, nadie le esperaba: había roto toda relación con su pareja, “ el muy inepto, me había puesto de fea mil veces, ya ves, antes me decía ¡mi reina guapa!”, recordó indignada. Continuó con la mirada perdida, absorta en sus pensamientos.

         Era una chica muy maja, alta, morena, con un cabello que era la envidia de sus amigas, unos ojos tan negros como una noche sin luna. Tenía una gran cultura y era de clase media alta.

       Una pareja conversaba a su lado, ella no escuchaba, pero se interesó al oír que decían:

        -Tenemos que hacer trasbordo en Alcazar de San Juan, sólo hay que cambiar de tren, pero tenemos veinte minutos de parada.

       Todas esas palabras llamaron su atención, porque no sabía el destino de aquel nuevo tren, ni le importaba, se había propuesto viajar un poco al azar.

       Sequía con su mirada perdida en el paisaje. Era muy diferente al catalán que había dejado atrás. Habían desaparecido las montañas, ahora era  un paisaje con mucho menos relieve, eran planicies de un pasto amarillento, como si le hubiesen robado en color al Sol que en pleno Julio, caía implacable sobre los prados. “En  primavera, debe estar verde y florecido”, pensó. Lo apreciaba porque a veces el color amarillo cambiaba de tonalidad. 

       A medida que pasaba el tiempo, esperaba el cambio de tren, a ver si tenía suerte y encontraba en él a alguien más ameno para matar el hastío que la abatía. En ese momento escuchó por megafonía que próximamente tenían que cambiar de tren. Ella como los demás pasajeros, empezó a bajar el equipaje. Llegaron a la estación y tranquilamente cambiaron de tren, estaba estacionado al otro lado del anden. A la entrada del vagón colocó su equipaje. Los compartimentos eran de cuatro asientos, se acomodó en el que había colocado el canasto de un bebé; en los otros asientos no había nadie de momento. Se imaginó que la vecina de asiento sería una señora que habría dejado un instante al bebé para ir al servicio, pero, pensó: “¡que valor, dejar al hijo solo aunque sea un momento!”. Llegaron dos chicos jóvenes y ocuparon los asientos de enfrente. Preocupada por el bebé, aprovechó para bajar un momento a comprar unas revistas y un botella de agua. En el kiosco le ofrecieron unos folletos de propaganda turística, los recibió entusiasmada, así se informaría, a ver si le podía interesar algo y tener algún aliciente ya que iba totalmente desorientada. Cuando volvió a su asiento, los dos jóvenes la miraban un poco recelosos; a su lado seguía el canasto del bebé como lo había dejado. Los chicos habían comentado:

          -¡ Pero bueno, esta tipa se baja y deja al hijo ahí como si fuera una maleta, vaya cara!

        A ella, a su vez, le pareció raro que la madre no hubiese vuelto, pero pensó: “no es mi problema”. Se sentó tranquilamente a hojear las revistas y luego le echó un vistazo a los folletos.

       Uno de ellos era de Mérida, le entusiasmó, ya en su tiempo de estudiante había leído algo de aquella ciudad. Sabía que era una pequeña gran ciudad. Leyó atentamente “…fue fundada en el año 25 a. C. …” “¡Ya había llovido!”, consideró, y siguió leyendo: “…económicamente Mérida es  una ciudad de servicios, con una creciente importación en el sector industrial y casi extinguido el sector primario”. “¡Bueno quizás hasta puedo encontrar trabajo!”. Imaginó. Ya llevaba en paro unos meses y sin esperanza de encontrar trabajo. Siguió entusiasmada en su lectura: “…más de cincuenta y seis mil habitantes…”,¡ ya ves, dará gusto pasear por sus calles!. A ver, de interés turístico:, obras romanas sobre todo: teatro romano, museo romano, anfiteatro romano, arco trajano y puente romano sobre el río Guadiana”.
Ya lo sabía ella, en Mérida había bastantes obras romanas. Algo que llamó su atención fue el lago Proserpina, tenia camping. Otra cosa que le impactó fue los hoteles: ¡más de ochenta! ¡ Normal, no es de extrañar si se tiene en cuenta que el gobierno extremeño está allí! 

         La sacó de su atención el llanto del niño, se había olvidado de él por completo, el niño lloraba con fuerza. “Pero ¿y la madre?…” Empezó a inquietarse. Los chicos de los asientos de enfrente la miraban como si ella fuera la responsable del bebé; claro, cuando ellos llegaron ella ya estaba allí, y cuando ella llegó el bebé ya estaba en el asiento. Empezó a ponerse muy nerviosa, no sabía que hacer, el bebé gritaba sin parar, seguro que tendría hambre, ¿pero qué podía hacer ella? Un chico de los de enfrente le gritó:

       -¡ Al menos ponle el chupete!

       Se asomó al canastito y vio a un bebé de pocos días; un chupete le colgaba de una cadena de color rosa, “ debía ser una niña”, pensó. Le puso el chupete y la niña se calmó.

         Dejó los folletos y volvió a prestar su atención al paisaje. Ahora era diferente: grandes dehesas cercadas con paredes de piedras; el prado seguía amarillento y las esporádicas encinas regalaban su sombra a los rebaños de ovejas y cabras, que soñolientas, descansaban. ¡ Eran grandes las dehesas extremeñas!. Lo habían comentado los chicos. Ahora estaban separadas por una alambrada, que probablemente tendría un poco de corriente eléctrica, porque a lo lejos divisaba reses negras, parecían toros bravos; se veían pastando tranquilamente; al paso del tren ni se inmutan, seguro que lo encontraban de lo más normal, aunque no pasaran muchos trenes al cabo del día.

        Por el personal que llevaba, se deducía que poca gente viajaba. El tren iba lento y se paraba en todo los pueblos, en algunos ni se veía la estación. Por fin paró en una que parecía importante. Se asomó y, debajo de un gran reloj, leyó: “Villanueva de la Serena”. mucha gente bajó, casi se quedo el tren vacío, pero sus compañeros de departamento seguían el viaje: por lo que comentaban iban a Mérida. Se alegró allí se apearía ella y se alojaría en el hotel más cercano a la estación.

         El tren seguía parado y se escuchaba revuelo en el anden. En el interior del tren se notaba cierto nerviosismo entre los pasajeros; se puso de pie y vio a unos cuantos policías que miraban entre la gente. No entendía, en aquel ambiente tan tranquilo, ¿qué podía buscar la policía? Una pareja llegó hasta ellos, miró el canasto y le pidió a ella la documentación del bebé. Quedó petrificada, no podía articular palabra. Al fin logró decir:
        -Este bebé no es mío, señor.
       -¡Claro que no es suyo! -le cortó el policía-, eso ya lo sabemos, pero usted lo ha robado.
       -Esto es un error señor -protestó la chica-, cuando yo llegué al tren el canasto ya estaba ahí.
       -Bueno eso ya lo explicará en comisaría. ¡Queda detenida!

        La bajaron del tren con sus maletas y la metieron en un furgón de la policía. Ya en el coche, con un policía a cada lado, la cabeza le daba vueltas.
      “Cómo era posible que se hubiese ido de Barcelona porque le agobiaba el tumulto y todo lo que ello conlleva y aquí, que es todo tranquilidad, que hasta el tren da la sensación de ser un autobús turístico, …”. No podía creer que le estuviera pasando eso a ella.
        En una sala amplia, otro policía la esperaba y otra vez la acusaron de haber robado a la niña, aquella niña a la que no había vuelto a ver, ya que en la estación se la llevaron los guardias.
        Ella explicó toda su trayectoria y la verdad de aquel viaje que tan fatal le estaba yendo. La acosaron de tal modo que rompió a llorar de impotencia, no podía entender, sólo repetía mil veces:
      -¡Debe de haber un error!- exclamaba sumisa.
        Una llamada de teléfono captó la atención del policía que la interrogaba.
Por la cara que ponía, la llamada le sorprendía. Cuando colgó el teléfono cambió el trato hacia ella; más amable le preguntó que adónde se dirigía, ella le contestó que a Mérida. A continuación, llamó a los policías que la habían detenido en la estación.   

       Ellos la pasaron a otra sala, y la invitaron muy cortésmente a sentarse en un sillón, un poco deteriorado:

       -Mire señorita ha habido un error, pero quiero que entienda que todo es un cúmulo de cosas, que no hay culpables, que son circunstancias que son inevitables. Usted dice que el canastito del bebé cuando llegó, ya estaba en el asiento, pues bien, lleva toda la razón, pero nosotros tenemos que cumplir con nuestra obligación. Cuando le explique, lo verá claro, mire, escuche: Un señor había puesto una denuncia porque, según el, cuando su mujer estaba paseando por la estación con el cochecito de su hija y se distrajo mirando a la gente que bajaba y subía, le quitaron el canasto del cochecito y sólo le dejaron el chasis. Esa era su versión. Pero este señor acaba de llamar para decirnos que fue su mujer la que puso al bebé en el tren porque dice,  está enferma, tiene una fuerte depresión post-parto y no quiere a su hija, aunque tiene altibajos, y otras veces llora por ella. Por lo que dice su marido, ya han tomado las medidas pertinente para que no vea a la criatura hasta que no este completamente bien. Bueno ahora, ya todo aclarado, usted puede continuar su viaje, así que cuando quiera la acompañamos a la estación, pero tendrá que esperar un tiempo, a esta hora tan temprano no pasa ningún tren. 
    “¡Temprano, serían las cuatro de la mañana!”. Se dijo ya más tranquila. 
La pobre Irene no tuvo palabras para quejarse, de todas formas, de qué le iban a servir. La acompañaron a la estación, se dirigió a la ventanilla y pidió un billete para el primer tren que pasara para Barcelona.
      “Volveré a mi ciudad, a mi casa, ¡ No quiero más aventuras!, pensó.

Manuela

Premiado día de Sant Jordi 


jueves, 27 de febrero de 2014

DESDE AQUÍ


              
Desde aquí presiento que hace mal día, la gente se resiste a salir, otros días a esta hora ya están desfilando.
   Ah, ya sube el ascensor, será  el del 5º, es el primero que baja cada día, ya me lo imagino restregándose los ojos con pinta de no asearse, con el pelo engominado, con esa cresta que parece un pavo al trote.
    Ahora presiento que bajaran los tortolitos del 2º, como están en plena luna de miel siempre están haciéndose arrumacos, mirándose en mi, que parece que les guste hacer practicas, como si no tuvieran su propia casa para esos menesteres, que no es que a mi me pongan los dientes largos, ya ves, yo tengo de todo.
   Ya mismo bajará la del 1º, esa decrepita con su perrito en brazos, con el camisón de dormir asomándole por debajo del abrigo;  lo malo es que no sale de la acera, por lo que dice la gente lamentándose: y es que la vieja es algo peculiar con el pelo de un caoba fuerte, los ojos pintados de un azul pavo y unos labios de un rojo fuerte con una sonrisa que deja ver su desdentada boca. A mi me ignora por completo, claro ella dirá que así no sufre.
  ¡ Ay! ha bajado el del 3º y ni me he dado cuenta ensimismado con la vieja.
¿Qué son esas voces? Ufff por la voz es el del 3º, que lengua, con quien lo dará, viene con un zapato en la mano, ya está, seguro que ha pisado los excrementos del perro de la vieja, dice que va tirar el zapato a la basura, eso no se lo cree ni él, con lo tacaño que es, que yo lo digo por lo que dice su mujer cuando baja con la amiga. Anda que ponen finos a los maridos.
    Faltan los del 4º, esos salen un poco más tarde, pobre viejo siempre arrastrando esa silla de ruedas, cómo va poder andar esa mujer si pesará más de 100 k. Pero bueno, como el marido no se queja, estaría bueno que encima se valla él primero, que eso suele pasar. Ella siempre con la bolsa de bollos, y él tan consecuente, lo que yo digo, de vez en cuando surge un santo.
    Ahora sólo falta la flor y nata de la escalera, no sé si me podré resistir sin piropearla, ya llega, con ese perfume embriagador que va esparciendo, con esa cara tan bella, ese pelo de seda, y esa esbelta silueta que apenas cabe en mí.
¡¡¡Ole lo más bonito de la escalera!!!
    Ella se vuelve, bosteza en mi, y escribe. ¡Gracias        Manuela

lunes, 23 de diciembre de 2013

YA LLEGÓ LA NOCHEBUENA



Hay que ver que pronto se pasan los años, otra ves estamos en Navidad. Siempre por estas fechas nos trae recuerdos del pasado; se echa a faltar a los seres queridos que ya no están entre nosotros y las costumbres ancestrales, tan arraigadas entre nosotros.
A veces me pongo a pensar, como ya soy muy vieja, ¡ay! que tontería acabo de decir; un poco mayorcita, eso queda mejor, vieja, que palabra más rancia.
Hay que ver la que se formaba por nochebuena antiguamente, ahora no me acuerdo si nochebuena va junto, bueno es igual,  era un drama, las pobres madres para poder agenciar la cena, que dicho sea de paso, era algo sagrado hacer un extraordinario esa noche, como en la mayoría de las casas no había pollo, porque claro, había que alimentarlo durante todo el año, y encima, no ponía huevos, así que lo más usual era matar la gallina vieja, que era la que ya no ponía huevos. Claro que era un drama para los niños que estábamos encariñados con ellas, las madres la tenían que matar cuando los niños no estaban en casa.
Ya ves, ahora estos pollos que parece que los hagan en serie, ¿a que van a saber? ¡ay cuanto daría yo por aquella gallina vieja! 
Que buena le salía a mi madre con arroz.
Pero claro hoy no lloraría al ver como la mataba, aunque tampoco me gustaría.
Yo estoy pensando que puedo hacer de cena, el pollo descartado, ni disfrazado lo quiero, no tengo perro, ni gato…¡ya está la tortuga! cómo no se me había ocurrido antes.
Con la concha haré las sopas, dicen que las sopas de tortuga es algo exquisito, creo que hasta los Reyes Magos las suelen tomar, pero que pena, bueno en eso ni pienso pensar, con las manos y las patitas así en salsa, creo que quedará buena, antes que esos pollos lo que sea.
Desde luego que las cosas han dado un cambiazo, cuando pienso en la trayectoria de mi vida, Dios mío, si tengo la cabeza a rebozada, tantos años, tanto archivo.
Ya hace años que decían por televisión, dónde iba ha ser si no, que nos acechaban siete plagas, una de las que recuerdo, decían que los africanos inundarían Europa y uno de los pasos, naturalmente sería España, hoy comprendo que tenían mucha razón, pero nunca me imaginé la repercusión que aquello nos iba  a ocasionar, pobre gente, desde los tiempos más remotos han tenido que sufrir esa incomprensible discriminación.
Bueno que no me quiero poner triste que es Navidad.
Ah, otra de las plagas que recuerdo era qué hacer con las basuras, yo en su día, pensé, valla tontería, tirarlas al contenedor.
Pero mira por donde iban, hoy nos tienen en la cocina cuatro cubos para separar todos los desechos, una para las latas, otro para las botellas, lo orgánico, y papel, nada, que a la hora de comer, si quieres comer en la cocina tienes que sacar los cubos al pasillo, porque es cuestión de conciencia y yo estas cosas me las tomo muy en serio.
Pero bueno, hoy sí que le estoy dando vueltas al pasado, claro como ya pronto acaba el año, que por cierto peor no ha podido ser.
Como ya tengo solucionado lo de la cena extra, me voy a dar un paseito que hace un buen día.

FELIZ NAVIDAD


Manuela     

jueves, 19 de septiembre de 2013

LEANDRITO

                                                         


Entre unos pinos y arbustos, justo al lado de un riachuelo, estaba ubicada la casa donde pasaban los fines de semana Félix y Elio, en compañía de sus papás. Eran hermanos, pero en pocas cosas estaban de acuerdo, sólo en lo referente a salir de aventura. Elio era el más pequeño aunque sólo se llevaban un par de años. Cuando Elio decía “-tengo una idea”-era para echarse a temblar-, siempre tenía unas ideas muy estrambóticas. Félix, más sosegado, siempre analizaba minuciosamente las ideas de su hermano, no era cuestión de lanzarse a la ligera porque ya las conocía, él era bastante miedoso y precavido. -A ver Elio, ¿que idea has desarrollado esta vez? -Mira, he pensado que podíamos dar un paseo por el río, como hace mucho calor hasta nos podemos bañar, sí, ya sé que el agua está muy fría, pero aunque sea sólo nos mojamos un poco los pies. -Vale Elio, no es mala idea, pero no nos podemos alejar mucho, en cualquier despiste nos podemos perder. -“Bien” vamos a preparar las mochilas, nos llevaremos unos bocatas y una botella de agua, por si nos entra sed. Ah y también unos cuantos juguetes, ¡los barquitos! Así los podemos echar al río. -Pero Elio no comprendes que el agua se los llevará y no los podremos coger. ¡Ay Elio tu no piensas! Y otra cosa, se lo tenemos que decir a mamá, si nos echa de menos se va asustar sin saber donde estamos. -Bueno no me gusta mucho la idea, pero quizás lleves razón. ¡Ah! otra idea, se lo decimos a papá, a lo mejor se anima y nos acompaña, así iremos sin prisa y seguros, mamá quedará más tranquila. Después de comunicárselo a su papá, este dio el visto bueno y emprendieron la excursión felices y contentos. El río llevaba poca agua era ya bien entrado el verano y era normal, a pesar del deshielo, con tanto calor el agua se va evaporando. Pero de vez en cuando había alguna que otra charca, que incluso, se podían dar un chapuzón, aunque el agua solía estar fría, en la charcas como el agua está parada estará más calentita. Elio iba delante como siempre, era un sendero estrecho hecho por las pisadas de los transeúntes, se divisaba un paisaje precioso, el río serpenteaba sus aguas cristalinas entre dos altas montañas amenazantes, como si lo quisieran encarcelar. Los pinos de un verde penetrante se elevaban al cielo adosados a la tierra de la basta montaña. Los pajarillos trinaban campando a sus anchar en la soledad y el agudo silencio: sólo alterado por su canto y el murmullo de las frías aguas, que trepaba por las pequeñas rocas. Divisaron un pequeño puente, corrieron y se subieron a él. -“Mira papá“, -gritó Félix, -hay muchas truchas. Era cierto eran truchas enormes. Elio dijo a su papá, ¿nos podemos llevar una? -No es fácil, intentaré coger al menos una, son escurridizas, no se dejan atrapar con facilidad. El padre se metió en el agua y muy lentamente, para que las truchas se confiaran, se lanzó sobre una muy grande y logro cogerla por la gran cola, por el medio hubiera sido imposible ya que son muy resbaladizas. Cuando el padre saco la trucha los niños saltaron de contento. -Que bien papá, que contenta se pondrá mamá cuando la vea, ésta noche no la cenaremos. “¡Uh con lo rica que las hace mamá!“, gritó Elio. En ese momento el padre pensó: -tendré que llevarla a casa porque hace calor y se puede estropear si tardamos en volver. Antes de irse le dijo a sus hijos. -No os mováis de aquí que llevo la trucha y vuelvo enseguida. -Sí papá ves tranquilo, te esperamos aquí con los pies metidos en el agua, -sí pero no os mojéis las bambas, -le advirtió su padre. Cuando el padre se fue, estaban con los pies en el agua tan silenciosos que una gran tortuga que pensaba que estaba sola, salió de su escondite y miró a los niños con extrañeza. (¿-Quien sois? No os he visto nunca por aquí. Por favor no me hagáis daño). -Hola tortuguita, le dijo Elio con curiosidad, somos hermanos, yo me llamo Elio y mi hermano Félix. (-Ah, mucho gusto, me alegro de haberos encontrado, ¿Queréis venir conmigo a mi casita, está cerca de aquí, así podréis conocer a mis hijas, tengo tres). Los niños se miraron y los dos tuvieron la misma idea, Elio pego su boca al oído de su hermano y le dijo bajito para que la tortuga no lo escuchara. -Te imaginas Félix, es una tortuga y el de la Yaya es un macho, ¿te acuerdas? lo dijo el nieto de la vecina de la Yaya. Dijo que lo sabía porque tenía la pancha curvada. Se ve que es cierto porque esta la tiene muy plana. Decía que era porque ahí es donde guardan los huevos, porque las tortuguitas salen de un huevo, eso ya no lo han explicado en el cole. ¿te acuerdas? - Tengo una idea Félix, mira ahora vamos a su casa y así se confía y luego no la llevamos a casa la metemos en una caja y cuando nos vallamos la llevamos a la terraza de la Yaya y así el Leandrito ya no estará solo. La tortuga los miraba un poco desconfiada al no escuchar lo que decían. -(Vamos amiguitos que os enseño a mis tortuguitas son preciosas) Los niños caminaron detrás de la tortuga y ya no se acordaban de las advertencias que le había hecho su padre. Siguiendo los pasos de la tortuga se metieron entre dos grandes piedras, allí había como una estrecha cueva muy fresquita y en invierno seguro que sería muy calentita. Parecía una casa normal tenían sus camitas para las tortuguitas pequeñas y una enorme para la madre, unas sillitas pequeñas y un gran sillón que debía ser de la tortuga madre. Elio quedó boquiabierto con tanto lujo, no se imaginaban que una tortuguita estuviera tan cómoda en su casita. Félix dijo, -Elio estoy pensando que es una pena que nos llevemos a la tortuga, ¿qué será de sus hijas si se quedan solas? -Bueno no pasa nada, no las llevamos a ellas también, -pero allí no estarán tan a gusto, en la terraza de la yaya no tienen casita, sólo una gaveta llena de agua, -le reprochó Félix. -Ya estas fallando Félix, ¿no te imaginas lo contento que se pondría el Leandrito con la tortuga y las pequeñas tortuguitas? -Claro que me lo imagino, pero también me da pena sacarlas de su casita con lo a gusto que están, ya ves, cuando tengan hambre sólo tienen que ir a la charca y tiene agua clarita siempre, renacuajos y pequeños peces que a ellas les encanta, ya sabes que la yaya es lo que le da de comer a Leandrito, ¡y anda que no se pone contento!. -Ahora se me está ocurriendo algo Elio. Cuando volvamos a la semana que viene, nos traemos a Leandrito, seguro que si se lo decimos a la Yaya no le importara, y comprenderá que es lo mejor, porque ellos quieren estar por aquí, esta es su vida normal, te imaginas: si nosotros, que nos encanta pasear por aquí, bañarnos y todo eso, pero te gustaría que llegara la noche y estuviéramos por aquí solitos, ¿a ti te gustaría? Elio muy serio y pensativo le dijo a su hermano. -Llevas razón Félix eso es lo que haremos si a la Yaya no le importa. ¡Anda corre que papá ya nos estará buscándonos! Al llegar a casa le contaron a los papás la experiencia que habían tenido, y al acuerdo que habían llegado. Los papás aplaudieron la idea y felices y contentos se comieron la trucha que mamá había preparado tan ricamente. Manuela

sábado, 13 de julio de 2013

EL COLCHONERO

                                                        

                                                        

                                OFICIOS EN DESUSO

Era ya bien caída la tarde, cuando José llegó a su casa, su mujer lo esperaba
con gran cariño y le tenía todo preparado para su aseo personal, después de
una larga jornada de duro y desagradable trabajo.
Pero claro, era el que tenía, el que había heredado de su pobre padre, que a la vez, lo había heredado de su abuelo.
En una pequeña habitación, le tenía un barreño de agua bien calentita, hacia frío y él trabajaba debajo del cielo.
Acompañaba a su marido y, con un calcetín viejo y un trozo de jabón verde, lo ponía como el oro. -Hay que ver que mal hueles siempre que bienes del dichoso trabajo, -le solía decir ella cuando lo estaba frotando. -Claro mujer, tu sabes lo mal que huele la maldita lana, hay mujeres que dejan a los niños sin protección y está la lana casi podrida de tantas veces que se orinan en los colchones.
Y la tela no te digo, algunas ya no se le distinguen ni los dibujos de origen. Luego la que me lían las vecinas, hoy he trabajado en un patio de luz y no veas, todas asomadas a las ventana vociferando. ¡Que peste, que polvo! ¡esto es inaguantable! Y yo, ni miro para arriba, que le voy a decir, si sé de sobra que llevan toda la razón.
-Pero que poca consideración tiene la gente, -renegaba la mujer -no saben que esto es así de toda la vida y que es el medio que tenemos para poder subsistir.
-Sí Lola, esto es así, pero para el niño yo no quiero este trabajo, a ver si es posible que aprenda otro oficio más… -ofició, una buena carrera, eso es lo que le tenemos que dar -protestó ella -Dios te oiga mujer, -asintió, el sumiso marido.  

Manuela    

lunes, 6 de mayo de 2013

LA MUERTE DEL TÍO QUICO


                                    

Samuel estaba absorto en sus pensamientos, cuando el sonido de su móvil desvió su atención, era su hermano Víctor. -¿Qué pasa Víctor? Que sorpresa. -La verdad es que nos comunicamos poco, pero esta vez merece la pena mi llamada, es para comunicarte una buena noticia, se nos han terminado lo problemas, ¿estas de pie? pues siéntate !Ha muerto el tío Quico¡ -¡Bien! ¡Que gran noticia! entonces, ¿nos vamos al tanatorio? -al tanatorio, ¿a qué? Si no lo hemos visitado en tantos años que llevaba en la residencia, qué vamos hacer en ese tanatorio. Quedaremos en la espera de que nos avise el notario, somos su única familia y el tío Quico estaba forrado, si papá hubiera sido como él y no hubiese fundido todo su capital, hoy no estaríamos en la completa ruina en que nos encontramos. Pero afortunadamente, se nos han terminado los problemas. A los quince días, el notario los citó. Los pasaron a una sala en la que había una sola persona, una chica de unos cuarenta años. Los hermanos se miraron entre si, un poco
extrañados. Entró el notario y se sentó frente a ellos en su mesa de despacho. Muy ceremonioso, les comunicó. Paso a leer las últimas voluntades del Señor Ruiz. Sacó de un cajón un sobre lacrado y empezó a leer.-“Yo Francisco Ruiz Salgado con mis facultades mentales normales y sin coacción  de nadie, dicto ante el señor notario que: mi casa sita en la calle discóbolo numero 45 en la localidad de  Madrid, la finca y el cortijo sita en el pueblo de Torre Menga Salamanca, incluyendo animales; con la condición que se mantengan todos los obreros que allí trabajan, y, mi cuenta corriente que poseo en el banco de dos millones trescientos mil euros, pasen a Piedad
Delgado, por haberme cuidado durante mienfermedad y para recompensar los desvelos que tan cariñosamente me ha dedicado. Para mi sobrino
Samuel como debe pesar ya alrededor de los cien kilos, le dejo mi silla de ruedas, porque posiblemente pronto la va a necesitar. Para mi sobrino Víctor
le dejo mi bastón, como es tan sentimental, seguro que lo disfrutará con gran estima. Y eso es todo, os deseo larga vida. “Rezad una oración por mí alma“.

Francisco Ruiz Salgado

Manuela 

martes, 9 de abril de 2013

SOLAS ELLA Y YO

En la sala silenciosa, solas ella y yo, solíamos sentarnos en nuestras respectivas sillas con el asiento de anea; debajo de la falda de gamuza de la pequeña mesa camilla, un cálido brasero reconfortaba la estancia.
Frente a nosotras, una vieja ventana de madera de dos hojas, sólo una de ellas tenía cristal, daba a una calle amplia y soleada. A través del fino cristal, a veces, veía caer las canales, que resbalaban del viejo y sumiso tejado cuando la lenta lluvia caía. Cómo música de fondo, el tic-tac del viejo y cansado reloj despertador que reposaba en el basar, sólo
funcionaba si estaba echado en su propio costado. Silencio y tristeza en la cara de ella. En la mía, aburrimiento, creándome una melancolía eterna. Largas noches, monotonía estable, escaseé de infantes. Sólo tristeza adulta. Son huellas que el paso del largo tiempo nunca puede borrar. Aquellas horas largas, constante vacío de alborozo. Consejos de
una mente de dos generaciones atrás. -“En mi época, las faldas se llevaban hasta los tobillos; de hecho; aún la sigo llevando“. Solía decirme -“Ahora, ya ves, tu la llevas muy corta, apenas te tapa las rodillas. Aún eres pequeña, pero cuando seas mayor te la tendrás que
poner más larga, no está bien visto que una señorita vaya luciendo las piernas. Te tienes que ir preparando para el futuro que te espera. Tienes que aprender a coser, hacer toda clase de labores hogareñas, es lo que vas a necesitar cuando seas mayor, y a lo largo de toda tu vida“. Y así, siempre la misma canción. Y yo siempre atenta a los consejos, sin un reproche, ni una sola queja. “¿Esta noche que vamos a cenar?” Pocas veces me atrevía a hacer esa pregunta; entre otras cosas porque ya lo sabía, casi siempre era el mismo menú: pan tostado en el brasero de picón, con un chorrito de aceite de oliva y un trocito de queso de cabra, de elaboración propia. En contadas ocasiones cambiaba el queso por una pastilla de chocolate. -“¿Esta tarde podré salir un ratito con mis amigas?”
Es domingo.“ Me atreví a preguntar. -“Sí, puedes salir a jugar, pero antes de ponerse el Sol tienes que volver, no me gusta que andes por la calle
cuando se haga de noche” Me ponía un vestido bonito, y me peinaba con dos largas trenzas, en las que me ponía dos lazos blancos como dos grandes mariposas. Luego, en ocasiones, se rebuscaba en su faltriquera y me daba una perra gorda, o, como mucho, tres chicas. Siempre me las gastaba en comprarme confites de anís. En las largas noches, sobre todo en invierno, empleábamos el tiempo escogiendo los garbanzos, naturalmente, uno a uno, ya que abundaban las impurezas, era el menú
casi diario. Otras noches me tocaba leer una página de un libro cualquiera, mi abuela era sumamente metódica, y yo, obediente y sumisa.
A veces me ponía como deberes copiar la página que había leído el día anterior; un día a la semana tocaba hacer cuentas y estudiar la tabla de multiplicar. En fin, pocas horas tenía libre, por el día tocaba labores:
ganchillo, el fatídico punto de cruz, punto de media, pero sobre todo coser: hacer zurcidos y piezas en la ropa ya rota, los calcetines eran una tortura, cada día se rompían. Todo era rutina: desde entonces la
detesto.
Antes de irnos a dormir, era como un ritual, mi abuela cerraba las puertas, le daba cuerda al reloj y cambiaba la hoja al almanaque perpetuo que colgaba de la pared. Cuando yo era casi una adolescente, mi abuela enfermó. Una mañana fría del mes de noviembre se me fue para siempre. Yo sentí un gran dolor y pensé que se había llevado un trozo de mi. Hoy es un pasado muy lejano, pero aquellas huellas monótonas me fueron de gran provecho a lo largo de toda mi vida, porque me enseñaron a saber estar, a escuchar, a obedecer y tantas, y tantas cosas de provecho. Lástima que casi no supe aprovecharlo o no quise, a lo mejor porque la creí poco adecuada para mi época.

Manuela Llera Ramos