En la sala silenciosa, solas ella y yo, solíamos sentarnos en nuestras respectivas sillas con el asiento de anea; debajo de la falda de gamuza de la pequeña mesa camilla, un cálido brasero reconfortaba la estancia.
Frente a nosotras, una vieja ventana de madera de dos hojas, sólo una de ellas tenía cristal, daba a una calle amplia y soleada. A través del fino cristal, a veces, veía caer las canales, que resbalaban del viejo y sumiso tejado cuando la lenta lluvia caía. Cómo música de fondo, el tic-tac del viejo y cansado reloj despertador que reposaba en el basar, sólo
funcionaba si estaba echado en su propio costado. Silencio y tristeza en la cara de ella. En la mía, aburrimiento, creándome una melancolía eterna. Largas noches, monotonía estable, escaseé de infantes. Sólo tristeza adulta. Son huellas que el paso del largo tiempo nunca puede borrar. Aquellas horas largas, constante vacío de alborozo. Consejos de
una mente de dos generaciones atrás. -“En mi época, las faldas se llevaban hasta los tobillos; de hecho; aún la sigo llevando“. Solía decirme -“Ahora, ya ves, tu la llevas muy corta, apenas te tapa las rodillas. Aún eres pequeña, pero cuando seas mayor te la tendrás que
poner más larga, no está bien visto que una señorita vaya luciendo las piernas. Te tienes que ir preparando para el futuro que te espera. Tienes que aprender a coser, hacer toda clase de labores hogareñas, es lo que vas a necesitar cuando seas mayor, y a lo largo de toda tu vida“. Y así, siempre la misma canción. Y yo siempre atenta a los consejos, sin un reproche, ni una sola queja. “¿Esta noche que vamos a cenar?” Pocas veces me atrevía a hacer esa pregunta; entre otras cosas porque ya lo sabía, casi siempre era el mismo menú: pan tostado en el brasero de picón, con un chorrito de aceite de oliva y un trocito de queso de cabra, de elaboración propia. En contadas ocasiones cambiaba el queso por una pastilla de chocolate. -“¿Esta tarde podré salir un ratito con mis amigas?”
Es domingo.“ Me atreví a preguntar. -“Sí, puedes salir a jugar, pero antes de ponerse el Sol tienes que volver, no me gusta que andes por la calle
cuando se haga de noche” Me ponía un vestido bonito, y me peinaba con dos largas trenzas, en las que me ponía dos lazos blancos como dos grandes mariposas. Luego, en ocasiones, se rebuscaba en su faltriquera y me daba una perra gorda, o, como mucho, tres chicas. Siempre me las gastaba en comprarme confites de anís. En las largas noches, sobre todo en invierno, empleábamos el tiempo escogiendo los garbanzos, naturalmente, uno a uno, ya que abundaban las impurezas, era el menú
casi diario. Otras noches me tocaba leer una página de un libro cualquiera, mi abuela era sumamente metódica, y yo, obediente y sumisa.
A veces me ponía como deberes copiar la página que había leído el día anterior; un día a la semana tocaba hacer cuentas y estudiar la tabla de multiplicar. En fin, pocas horas tenía libre, por el día tocaba labores:
ganchillo, el fatídico punto de cruz, punto de media, pero sobre todo coser: hacer zurcidos y piezas en la ropa ya rota, los calcetines eran una tortura, cada día se rompían. Todo era rutina: desde entonces la
detesto.
Antes de irnos a dormir, era como un ritual, mi abuela cerraba las puertas, le daba cuerda al reloj y cambiaba la hoja al almanaque perpetuo que colgaba de la pared. Cuando yo era casi una adolescente, mi abuela enfermó. Una mañana fría del mes de noviembre se me fue para siempre. Yo sentí un gran dolor y pensé que se había llevado un trozo de mi. Hoy es un pasado muy lejano, pero aquellas huellas monótonas me fueron de gran provecho a lo largo de toda mi vida, porque me enseñaron a saber estar, a escuchar, a obedecer y tantas, y tantas cosas de provecho. Lástima que casi no supe aprovecharlo o no quise, a lo mejor porque la creí poco adecuada para mi época.
Manuela Llera Ramos
SENTIMIENTOS CASTUOS
SUSPIROS DE ESPAÑA
martes, 9 de abril de 2013
martes, 26 de marzo de 2013
REFLEXIONANDO
Hoy que el olvido empieza albergase en mi cerebro, echo de menos aquellos recuerdos que me hicieron tan feliz.
El tiempo que cruelmente se va apoderando de todo, termina llevándose mi salud, mi juventud, dejándome un físico que ya no me es familiar.
Pero claro, sólo hay dos caminos, o este, o el otro, y ese otro, es el último cartucho que se debe quemar, y para eso, siempre quedará tiempo.
Si me quedan las piernas para caminar, los ojos para ver, mi mente para pensar, mi corazón para querer, ¿Qué más puedo pedir?
Es la ley de la naturaleza, lo mismo que el árbol se viste cada primavera y se desnuda cada otoño, hasta que un día de una cruel primavera lo deja desnudo para siempre.
Lo mismo que la nube crece, y se vuelve de múltiples colores, pero pronto un viento helado la funde, haciéndola desaparecer.
Es el ciclo de la vida, todo está en movimiento. Las praderas en primavera, enloquecen floreando los verdes prados, los ríos corren vertiendo sus aguas, a veces turbia, a veces cristalinas, furiosos serpentean sus aguas apresuradas, van con prisa para llegar al mar y allí fundirse con el inmenso océano.
Eso es la vida ¡y que bella es! sólo con ver un amanecer celeste, y una puesta de sol púrpura ya es una suerte vivir.
Por tanto gracias a la vida, que me permite ver a mis seres queridos, pasear las calles, charlar con mis amigos, ver los árboles con los pájaros canturreando en sus ramas, es lo que se debe apreciar. ¿Qué importancia tiene lo demás?
Manuela Llera Ramos
El tiempo que cruelmente se va apoderando de todo, termina llevándose mi salud, mi juventud, dejándome un físico que ya no me es familiar.
Pero claro, sólo hay dos caminos, o este, o el otro, y ese otro, es el último cartucho que se debe quemar, y para eso, siempre quedará tiempo.
Si me quedan las piernas para caminar, los ojos para ver, mi mente para pensar, mi corazón para querer, ¿Qué más puedo pedir?
Es la ley de la naturaleza, lo mismo que el árbol se viste cada primavera y se desnuda cada otoño, hasta que un día de una cruel primavera lo deja desnudo para siempre.
Lo mismo que la nube crece, y se vuelve de múltiples colores, pero pronto un viento helado la funde, haciéndola desaparecer.
Es el ciclo de la vida, todo está en movimiento. Las praderas en primavera, enloquecen floreando los verdes prados, los ríos corren vertiendo sus aguas, a veces turbia, a veces cristalinas, furiosos serpentean sus aguas apresuradas, van con prisa para llegar al mar y allí fundirse con el inmenso océano.
Eso es la vida ¡y que bella es! sólo con ver un amanecer celeste, y una puesta de sol púrpura ya es una suerte vivir.
Por tanto gracias a la vida, que me permite ver a mis seres queridos, pasear las calles, charlar con mis amigos, ver los árboles con los pájaros canturreando en sus ramas, es lo que se debe apreciar. ¿Qué importancia tiene lo demás?
Manuela Llera Ramos
jueves, 28 de febrero de 2013
ENTRE RAÍLES
Sonia se levantó sigilosa de la cama que compartía con su marido. Fue directa al cuarto de baño, escribió una nota en un papel inmaculado y a renglón seguido se arreglo como cada día para ir a la oficina. Aborrecía ese atuendo ejecutivo que le obligaban en su trabajo. Con sumo cuidado para no despertar a su marido, cogió de debajo de la cama una pequeña maleta que previamente había preparado la noche anterior. Con los zapatos en la mano, la maleta, y un pequeño neceser, salió a la calle. Cogió el primer taxi que pasó, le dijo secamente al taxista: -a la estación de ferrocarril, por favor. Ya en el taxi recordó la nota que le había dejado a su marido: “-no te quiero, me
voy para siempre con mi jefe, mi único amor“. Recordó lo que había metido en la maleta, poca cosa: ropa cómoda, zapatos ligeros, un poco de ropa
interior. Pijama: se le había olvidado, pero le daba igual, no los pensaba utilizar. Llegó al anden de la estación, la muchedumbre se agrupaba alrededor de las puertas del tren. Sus ojos lo recorrían todo ansiosamente, iba de un lado para otro escaneando a la gente, pero no encontraba al ser que tanto anhelaba. En su desesperación, sintió que su móvil temblaba.
Después de escuchar unos segundos, el móvil cayó de su mano, ella setambaleaba, como si fuera a desmayarse. El tren arrancó parsimonioso, ella
bajó a la vía, caminó despacio por la dificultad que le ocasionaban los zapatos de alto tacón destalonados. Con la maleta en la mano y el neceser bajo su brazo, unas palabras martilleaban su cabeza: -“no he podido coger este tren, pero estoy segura que el próximo, me cogerá a mí“.
Manuela
voy para siempre con mi jefe, mi único amor“. Recordó lo que había metido en la maleta, poca cosa: ropa cómoda, zapatos ligeros, un poco de ropa
interior. Pijama: se le había olvidado, pero le daba igual, no los pensaba utilizar. Llegó al anden de la estación, la muchedumbre se agrupaba alrededor de las puertas del tren. Sus ojos lo recorrían todo ansiosamente, iba de un lado para otro escaneando a la gente, pero no encontraba al ser que tanto anhelaba. En su desesperación, sintió que su móvil temblaba.
Después de escuchar unos segundos, el móvil cayó de su mano, ella setambaleaba, como si fuera a desmayarse. El tren arrancó parsimonioso, ella
bajó a la vía, caminó despacio por la dificultad que le ocasionaban los zapatos de alto tacón destalonados. Con la maleta en la mano y el neceser bajo su brazo, unas palabras martilleaban su cabeza: -“no he podido coger este tren, pero estoy segura que el próximo, me cogerá a mí“.
Manuela
domingo, 27 de enero de 2013
EL VIOLINISTA
En verano solía pasar un músico ambulante, un hombre viejo, pequeño y plácido, con un bigote largo y caído, los ojos tristes y una piel tan blanca que daba la impresión que se fuera ha desmayar de un momento a otro. Andaba por todo el mundo llevando como equipaje un violín enfundado en una larga bolsa de tela gruesa. A pesar de ser un vagabundo y un vagabundo de la escuela más antigua, andaba relativamente bien vestido, eso parece que le era, en cierta manera, impuesto por el oficio que tenía; andaba por lo cortijos, aldeas y otros lugares que le pagaban por tocar su instrumento en las fiestas señaladas, o, para amenizar: bodas, bautizos, que celebraban en las casas. El pobre viejo cabizbajo, hacia sus recorridos para poder subsistir con el dinero que le pagaban por su penoso trabajo. Hubo un tiempo que era una figura importante, tocaba en los mejores teatros, rodeado de admiradoras y sobre todo, aquellos aplausos que le llenaban la vida. Lujosos atuendos,decoraban su joven y apuesto cuerpo, era la gloria, su gloria. Pero lo que realmente llenó su vida fue su familia, aquella bella mujer que le había dado tanta felicidad, y lo mejor de todo; sus hijos que eran toda su vida. Pero aquella felicidad duró poco, un accidente de trafico segó la vida de su querida familia. Desde aquel fatídico día murieron todas sus ilusiones, ya no leinteresaban los aplausos, ni lujosos teatros, se hundió en aquel dolor y sólo tocaba lo imprescindible para poder subsistir. Un verano bastante caluroso, el músico no pasó.
La gente lo sigue recordando como un ser muy especial.
Manuela
martes, 17 de mayo de 2011
Ese pueblecito blanco
donde viví sus eventos,
en mi mente están sus calles
y la huella de sus vientos.
Su plaza de soportales,
y como emblema, su fuente,
estéril en sus funciones
pero gallarda y caliente.
Seca por dentro y por fuera
hospitalaria y prudente,
donde juegan los chiquillos
y se retrata la gente.
Cuánto guarda en sus entrañas,
declaraciones de amor,
murmullos de enamorados,
tormentos del desamor.
Chillería de los chiquillos
trepando por su remanso,
y en su pretil el asiento
invitándote al descanso.
Pero yo siempre pensé,
que en la fuente falta algo,
es su columna central,
sometida está al letargo.
Si yo pudiera pedir yo pediría un
al final de esa columna
tan alta que llegue al cielo,
yo plantaría una estatua
representando a este pueblo.
La estatua sería un colono
con azadón y sombrero,
recordando a nuestros padres
o quizá a los abuelos.
Los que crearon el pueblo
cuando casi ni era pueblo,
y rodeando la fuente
los nietos de esos abuelos.
Cada año recordaran
con un homenaje eterno,
los hijos de nuestros hijos
biznietos de esos abuelos.
Pidiendo por su memoria
elevándolo hasta el cielo,
como homenaje al colono
recordando sus desvelos.
Emitiendo una plegaria
de promesas y consuelo,
que sepan que los queremos
como padres, como abuelos,
biznietos, o tataranietos.
Activándola hasta el cielo.
Manuela Llera Ramos
donde viví sus eventos,
en mi mente están sus calles
y la huella de sus vientos.
Su plaza de soportales,
y como emblema, su fuente,
estéril en sus funciones
pero gallarda y caliente.
Seca por dentro y por fuera
hospitalaria y prudente,
donde juegan los chiquillos
y se retrata la gente.
Cuánto guarda en sus entrañas,
declaraciones de amor,
murmullos de enamorados,
tormentos del desamor.
Chillería de los chiquillos
trepando por su remanso,
y en su pretil el asiento
invitándote al descanso.
Pero yo siempre pensé,
que en la fuente falta algo,
es su columna central,
sometida está al letargo.
Si yo pudiera pedir yo pediría un
al final de esa columna
tan alta que llegue al cielo,
yo plantaría una estatua
representando a este pueblo.
La estatua sería un colono
con azadón y sombrero,
recordando a nuestros padres
o quizá a los abuelos.
Los que crearon el pueblo
cuando casi ni era pueblo,
y rodeando la fuente
los nietos de esos abuelos.
Cada año recordaran
con un homenaje eterno,
los hijos de nuestros hijos
biznietos de esos abuelos.
Pidiendo por su memoria
elevándolo hasta el cielo,
como homenaje al colono
recordando sus desvelos.
Emitiendo una plegaria
de promesas y consuelo,
que sepan que los queremos
como padres, como abuelos,
biznietos, o tataranietos.
Activándola hasta el cielo.
Manuela Llera Ramos
jueves, 12 de mayo de 2011
Ese pueblecito blanco
donde viví sus eventos,
en mi mente están sus calles
y la huella de sus vientos.
Su plaza de soportales,
y como emblema, su fuente,
estéril en sus funciones
pero gallarda y caliente.
Seca por dentro y por fuera
hospitalaria y prudente,
donde juegan los chiquillos
y se retrata la gente.
Cuánto guarda en sus entrañas,
declaraciones de amor,
murmullos de enamorados,
tormentos del desamor.
Chillería de los chiquillos
trepando por su remanso,
y en su pretil el asiento
invitándote al descanso.
Pero yo siempre pensé,
que en la fuente falta algo,
es su columna central,
sometida está al letargo.
Si yo pudiera pedir yo pediría un
al final de esa columna
tan alta que llegue al cielo,
yo plantaría una estatua
representando a este pueblo.
La estatua sería un colono
con azadón y sombrero,
recordando a nuestros padres
o quizá a los abuelos.
Los que crearon el pueblo
cuando casi ni era pueblo,
y rodeando la fuente
los nietos de esos abuelos.
Cada año recordaran
con un homenaje eterno,
los hijos de nuestros hijos
biznietos de esos abuelos.
Pidiendo por su memoria
elevándolo hasta el cielo,
como homenaje al colono
recordando sus desvelos.
Emitiendo una plegaria
de promesas y consuelo,
que sepan que los queremos
como padres, como abuelos,
biznietos, o tataranietos.
Activándola hasta el cielo.
Manuela Llera Ramos
donde viví sus eventos,
en mi mente están sus calles
y la huella de sus vientos.
Su plaza de soportales,
y como emblema, su fuente,
estéril en sus funciones
pero gallarda y caliente.
Seca por dentro y por fuera
hospitalaria y prudente,
donde juegan los chiquillos
y se retrata la gente.
Cuánto guarda en sus entrañas,
declaraciones de amor,
murmullos de enamorados,
tormentos del desamor.
Chillería de los chiquillos
trepando por su remanso,
y en su pretil el asiento
invitándote al descanso.
Pero yo siempre pensé,
que en la fuente falta algo,
es su columna central,
sometida está al letargo.
Si yo pudiera pedir yo pediría un
al final de esa columna
tan alta que llegue al cielo,
yo plantaría una estatua
representando a este pueblo.
La estatua sería un colono
con azadón y sombrero,
recordando a nuestros padres
o quizá a los abuelos.
Los que crearon el pueblo
cuando casi ni era pueblo,
y rodeando la fuente
los nietos de esos abuelos.
Cada año recordaran
con un homenaje eterno,
los hijos de nuestros hijos
biznietos de esos abuelos.
Pidiendo por su memoria
elevándolo hasta el cielo,
como homenaje al colono
recordando sus desvelos.
Emitiendo una plegaria
de promesas y consuelo,
que sepan que los queremos
como padres, como abuelos,
biznietos, o tataranietos.
Activándola hasta el cielo.
Manuela Llera Ramos
miércoles, 30 de marzo de 2011
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